Como teníamos para vivir con cierta holgura, mi madre me trajo á Madrid, animándola á ello la idea de que pronto se me abrirían aquí fáciles y gloriosos caminos; y en efecto, después de ocuparme en olvidar lo que sabía para estudiarlo de nuevo, ví nuevos y hermosos horizontes, trabé amistad con jóvenes de mérito y con afamados profesores, frecuenté círculos literarios, ensanché la esfera de mis lecturas y avancé considerablemente en mi carrera, hallándome muy luego en disposición de ocupar una modesta plaza académica y de aspirar á otras mejores. Mi madre tenía en Madrid buenas amistades, entre ellas la de García Grande y su señora (que figuraron mucho en tiempo de la Unión liberal); pero estas relaciones influyeron poco en mi vida, porque el fervor del estudio me aislaba de todo lo que no fuera el tráfago universitario, y ni yo iba á sociedad, ni me gustaba, ni me hacía falta para nada.

Estoy impaciente por hablar de mi sér moral, por la afición que tengo á la predilecta materia de mis estudios. Sin quererlo, se me va la pluma á donde la impulsa el particular gusto mío, y la dejo ir y aun le permito que trate este punto con sinceridad y crudeza, no escatimando mis alabanzas allí donde creo merecerlas. Decir que en materia de principios mi severidad llega hasta el punto de excitar la risa de algunos de mis convecinos de planeta, parecerá jactancia; pero lo dicho dicho está y no habrá quien lo borre de este papel. Constantemente me congratulo de este mi caracter templado, de la condición subalterna de mi imaginación, de mi espíritu observador y práctico, que me permite tomar las cosas como son realmente, no equivocarme jamás respecto á su verdadero tamaño, medida y peso, y tener siempre bien tirantes las riendas de mí mismo.

Desde que empecé á dominar estos difíciles estudios, me propuse conseguir que mi razón fuese dueña y señora absoluta de mis actos, así de los más importantes como de los más ligeros; y tan bien me ha ido con este hermoso plan, que me admiro de que no le sigan y observen los hombres todos, estudiando la lógica de los hechos, para que su encadenamiento y sucesión sea eficaz jurisprudencia de la vida. Yo he sabido sofocar pasioncillas que me habrían hecho infeliz, y apetitos cuyo desorden lleva á otros á la degradación. Estas laboriosas reformas me han adestrado y robustecido para obtener en la moral menuda una serie de victorias á cual más importantes. Yo he conseguido una regularidad de vida que muchos me envidian, una sobriedad que lleva en sí más delicias que el desenfreno de todos los apetitos. Vicios nacientes, como el fumar y el ir al café, han sido extirpados de raiz. El método reina en mí y ordena mis actos y movimientos con una solemnidad que tiene algo de las leyes astronómicas. Este plan, estas batallas ganadas, esta sobriedad, este régimen, este movimiento de reloj que hace de los minutos dientes de rueda y del tiempo una grandiosa y bien pulimentada espiral, no podían menos de marcar, al proyectarse sobre la vida, esa fácil línea recta que se llama celibato, estado sobre el cual es ocioso pronunciar sentencia absoluta, porque podrá ser imperfectísimo ó relativamente perfecto, según lo determine la acumulación de los hechos, es decir, todo lo físico y moral que, arrastrado por las corrientes de la vida, se va depositando y formando endurecidas capas ó sedimentos de hábitos, preocupaciones, rutina de esclavitud ó de libertad.

Mi buena madre vivió conmigo en Madrid doce años, todo el tiempo que duraron mis estudios universitarios y el que pasé dedicado á desempeñar lecciones particulares y á darme á conocer con diversos escritos en periódicos y revistas. Sería frío cuanto dijera del heroico tesón con que ayudaba mis esfuerzos aquella singular mujer, ya infundiéndome valor y paciencia, ya atendiendo con solícito esmero á mis materialidades para que ni un instante me distrajese del estudio. Le debo cuanto soy, la vida primero, la posición social, y después otros dones mayores, cuales son mis severos principios, mis hábitos de trabajo, mi sobriedad. Por serle más deudor aún, también le debo la conservación de una parte de la fortunita que dejó mi padre, la cual supo ella defender con su economía, no gastando sino lo estrictamente preciso para vivir y darme carrera como pobre. Vivíamos, pues, en decorosa indigencia; pero aquellas escaseces dieron á mi espíritu un temple y un vigor que valen por todos los tesoros del mundo. Yo gané mi cátedra y mi madre cumplió su misión.

Como si su vida fuera condicional y no tuviese otro objeto que el de ponerme en la cátedra, conseguido éste, falleció la que había sido mi guía y mi luz en el trabajoso camino que acababa de recorrer. Mi madre murió tranquila y satisfecha. Yo podía andar solo; pero ¡cuán torpe me encontré en los primeros tiempos de mi soledad! Acostumbrado á consultar con mi madre hasta las cosas más insignificantes, no acertaba á dar un paso, y andaba como á tientas con recelosa timidez. El gran aprendizaje que con ella había tenido no me bastaba, y sólo pude vencer mi torpeza recordando en las más leves ocasiones sus palabras, sus pensamientos y su conducta, que eran la misma prudencia.

Ocurrida esta gran desgracia, viví algún tiempo en casas de huéspedes; pero me fué tan mal, que tomé una casita, en la cual viví seis años, hasta que, por causa de derribo, tuve que mudarme á la que ocupo aún. Una excelente mujer, asturiana, amiga de mi madre, de inmejorables condiciones y aptitudes, se me prestó á ser mi ama de llaves. Poco á poco su diligencia puso mi casa en un pié de comodidad, arreglo y limpieza que me hicieron sumamente agradable la vida de soltero, y esta es la hora en que no tengo un motivo de queja, ni cambiaría mi Petra por todas las damas que han gobernado curas y servido canónigos en el mundo.

Tres años hace que vivo en la calle del Espíritu Santo, donde no falta ningún desagradable ruido; pero me he acostumbrado á trabajar entre el bullicio del mercado, y aun parece que los gritos de las verduleras me estimulan á la meditación. Oigo la calle como si oyera el ritmo del mar, y creo (tal poder tiene la costumbre) que si me faltara el ¡dos cuartitos escarola! no podría preparar mis lecciones tan bien como las preparo hoy.


III

Voy á hablar de mi vecina.