—Cállate la boca, chiflado, cabeza perdida. Nosotros llevamos gente a las cárceles y a los manicomios. Ya te dirán a dónde debes ir.

—A la muerte iré con mi mujer y con mi Madre, verdugos —gritó Gil, más desatinado—; pero no quisiera ir sin llevarme a alguno de ustedes por delante...

En esto surgió en el grupo la talluda, imponente figura de don Alquiborontifosio, el cual, con bronca voz, sin miedo a los civiles ni al lucero del alba, se expresó de este modo:

—Si tienen por criminal a esta Señora, y ella es, en efecto, doña María, ténganme a mí como su cómplice, cualquiera que sea el supuesto delito que le atribuyen.

—Esta mujer —afirmó uno de los guardias— iba con un compañero de Lobato, que se nos escapó, corriendo más que una liebre... Por los compañeros de la otra pareja sabemos que alienta y encubre a los ladrones de leña, guardando sus rapiñas en la corraliza que tiene a la salida de Guijosa, con un tapadillo de cabras, cerdo y un horno de cal, para despistarnos.

—Pues yo también encubro y despisto —declaró con gallarda entereza el maestro—. Si a la ilustre Señora maniatáis, haced lo mismo conmigo, pues yo también soy escudero de ella, como este joven, a quien conocí en Boñices.

Mientras esto decía, el guardia le metió la mano en los bolsillos, y sacando unas patatas, le dijo:

—Explíquenos el señor escudero de la vieja dónde adquirió estas patatas, y con qué leña hizo fuego para chamuscarlas.

—Ese fruto —replicó don Quiboro— lo debí a la caridad. Mas si entendéis que es fruto robado, prendedme y atadme con la Señora por el lado contrario al que ocupa Lobato, para que en doña María se repita el caso de nuestro Redentor, sacrificado entre dos ladrones.

—No, no —gritó el caballero fuera de sí—, que ese puesto a mí me corresponde... Y si lo dudan, pregúntenselo a ella.