—Si ha ido por cigarros.

—El de los prismas está aún en su cuarto, de punta en blanco, con el mondadientes de plata en la boca. Está haciendo tiempo á ver si le convidamos.

—No convidarle.

—Dárselo sin azúcar... ¡Eh!... ¡Felipe...!

—¿Y Zalamero, dónde está?

—Ahora viene.

El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase á la puerta y saludaba cortésmente á todos.

—¿Usted gusta?

—Gracias...

—¿Y cuándo...?