—¡Pobre chico!... y lo que es ese no se levanta más. Yo se lo decía: «Mira, que te estás matando.»
—La casa es una perrera. ¿Qué idea le dió de venirse aquí?
—¿Pero tú has visto á Miquis hacer alguna vez cosa derecha y con sentido común?
—Si no hay quien le entienda...
—Es un desgraciado, un loco... Bien merecido le está.
Poco después entró Cienfuegos. Ver el dinero que sobre la mesa de noche estaba y hacia él írsele con avidez los ojos, fué todo uno.
—Chico, me debes dos pesetas del percloruro de hierro. ¿Á ver ese pulso? Algo excitado. ¿Han estado aquí esos? ¿Ha habido conversación? Se conoce. ¿Y qué tal? ¿Has comido? Doña Virginia te mandará mañana unas chuletitas.
Terminado el interrogatorio médico, se le escaparon estas palabras sacramentales:
—Veo que estás en fondos... No, lo que es este duro me lo llevo. Recuerda que me debes... Es decir, yo te debo más; pero me refiero á lo accidental. Chico, la lucha por la existencia es la más cruel de las leyes. ¡Eh!... tú, Felipe, trae esta noche cloral. ¿Has perdido la receta? Si á las diez no duerme, se lo das. Avisa á cualquier hora de la noche si hay novedad.
Incomodó á Felipe la franqueza con que el médico espoliaba el tesoro del enfermo; pero no se atrevió á decir nada. Cuando se fué Juan Antonio, hablaron un ratito amo y criado de la necesidad de llamar otro médico, el mismo que había venido al principio... Días pasaron sin ninguna novedad. Ido les acompañaba no pocos ratos, y ambas familias se favorecían mutuamente en sus tribulaciones. Á lo mejor tocaban á la puerta, y se veía asomar por ella el rostro agraciado de una niña de diez años, bonita, rubia, con la cara sucia y el vestir andrajoso: