—Es una diosa,—murmuró con éxtasis Felipe, acordándose de un verso de El Grande Osuna.


VII

FIN DEL FIN

I

Algunos de los amigos de Miquis se habían examinado hacia el 10 de Junio, y le acompañaban y asistían algunos ratos. Otros iban poco por allí. Cuando supo que los días de Alejandro estaban contados, acudió Ruiz quejándose de que no se le hubiera avisado antes, y haciendo oficiosos extremos de pena. Entre él y Poleró, después de oído el lúgubre dictamen de Moreno Rubio, acordaron escribir á la familia y avisar al único pariente que en Madrid tenía el manchego, la tiíta Isabel. Desempeñaron esta comisión Arias y Poleró, yendo á la casa de la calle del Almendro, llenos de curiosidad, porque habían oído contar á Miquis las rarezas de su tía. Ésta les recibió con urbanidad; pero súbitamente cambió de tono y de modales, y rompiendo en denuestos contra la juventud del día, les llamó gandules y les dijo que se pusieran en la calle. Acentuando ellos su cortesía, hablaron del triste asunto que les llevara allí; pero la señora les interrumpió de este modo:

—No es Miquis, es Herrera; no es sobrino, es segunda vez nieto mío. ¿Y á ustedes quién les mete en esto? ¿Vienen de parte de algún Micifuf á extraviar mi buena razón, y á trastornarme el clarísimo juicio de que, á Dios gracias, gozo?

Poco le faltó á Poleró para soltar la carcajada; pero él y Arias se contuvieron.

—Bien, bien—manifestó la señora, señalándoles la puerta.—Yo me enteraré de la verdad. Sin salir de mi casa, puedo yo saber el estado de aquel ángel... porque yo lo sé todo; yo nací en Jueves Santo. Y si quieren una prueba de ello, diréles lo que ha hecho Alejandro en el tiempo en que no le he visto con estos ojos.

Los dos amigos, que ya salían, retrocedieron.