—Pero hace aquí un calor horroroso. Esto es un horno. No sé cómo no te ahogas.
El astrónomo, hombre indolentísimo, de temperamento desmedrado, ensayó diversas posturas para sentarse. Era problema más difícil de lo que parecía. Al fin se acomodó en una silla echada hacia atrás, el brazo derecho montado en el respaldo de otra, la pierna izquierda sobre la mesa, formando una tan recortada y angulosa caricatura, que bien se le podría retratar si estuviera quieto y no variase á cada instante, buscando una comodidad que no lograba nunca.
Poco después se puso en mangas de camisa. Se le conocía que acababa de cortarse el pelo, porque tenía el pescuezo y las orejas llenas de trocitos de cabello, y en la cabeza un olor de peluquería barata que daba el quién vive.
—No hemos tenido tiempo de hablar de tu comedia—le dijo Alejandro.—El otro día no hiciste más que entrar y salir... Es magnífica. Me la leí de un tirón. ¡Qué escenas tan bonitas! Tienes gran talento para ese género, y debes emprender otra obra para el año que viene.
Con este lisonjero juicio, flor natural de la frondosísima indulgencia de Alejandro, demostraba éste, más que un criterio recto, el apasionado entusiasmo que sentía por los méritos de sus amigos. Incapaz de envidia, su boca se deleitaba en las alabanzas. En todo lo que hacían sus amigos veía grandes bellezas, y á Ruiz le diputaba por uno de los mayores talentos. La comedia era sosa, y á él le pareció salada; era roma, y le pareció aguda. Pertenecía al género moral papaveráceo, y sus efectos serían admirables si al teatro fuéramos á dormir. Era un alegato en favor del matrimonio, y Ruiz hacía ver allí lo desgraciados que son los solteros, y las felicidades sin fin que cosechan en la vida los que se casan. Para esto, los personajes, cuidándose bien de no hacer nada, hablaban, quién en favor del matrimonio, quién en contra. Al final quedaba la virtud triunfante y el vicio rudamente castigado. El éxito fué regular, y los amigos llamaron al autor al final de cada acto. Los periódicos dijeron que aquel Ruiz astrónomo, era un genio, un tal y un cual... Pero á los ocho días la obra desapareció de los carteles, y cayó en la sima del olvido.
Ruiz no se forjaba ilusiones vanas. El Teatro ofrecía poco estímulo. ¿Qué le habían dado por derechos de representación? Una miseria. Si él hubiera nacido en otro país, se dedicaría seguramente al Teatro; ¡pero aquí...! En Francia habría ganado diez ó doce mil duros con una sola obra. En España todo es miseria. Y de que su obra gustó al público, ninguna duda podía tener. ¡Lástima grande que se hubiera representado al fin de temporada! Toda la prensa había puesto en el mismo cuerno de la luna la excelente versificación, y copiado algunas redondillas de las más resonantes. Pero lo que el autor estimaba más en su obra; era el pensamiento. ¡Ah! ¡qué cosa tan moral y edificante!...
Á pesar de su éxito, Ruiz no escribiría más para el Teatro. Este empezaba á fastidiarle, como le habían fastidiado antes la Astronomía y la Música... Y siendo su pensamiento refractario á la holganza, de las cenizas de su amor al Teatro nació, polluelo de ave Fénix, un amor nuevo, una vehemente afición á otro linaje de estudios: á la Filosofía... Burla burlando, ya tenía escrito un estudio sobre Hegel, y había empezado á estudiar varios sistemas desconocidos en España, á saber: los de Spencer, Hartmann. Aquí no salían del Krausismo, que en pocas partes tiene adeptos, como no sea en Bélgica. Se comprende que él estudiaba todo esto para combatirlo, porque le daba el naipe por Santo Tomás. Aquí no hay filósofos. Él acometía con tanto afán la empresa de probarlo, que en el curso próximo había de hablar en el Ateneo. No: ninguna ocupación de la mente era más bonita que aquélla. Recomendaba á su amigo Miquis que tan pronto como entrara en la convalecencia, se diese un buen atracón de filósofos y se dejara de dramas... Tanto, tanto habló sobre esto, acompañando su perorata de extravagantes cambios de postura, que al fin Cienfuegos creyó prudente poner un dique al raudal de la filosófica oratoria, y le dijo:
—Vete callando ya. Mira que éste se marea. No te lo dice porque éste es así. Antes se dejará desollar que ofender á un amigo... Con tu filosofía y el calor que hace aquí, este cuarto parece, no el Infierno, sino el manicomio del Infierno, el lugar donde ponen á los condenados que se vuelven locos.
II
Vino la noche. El enfermo la veía con espanto llegar, y sentía el avanzar frío de las primeras obscuridades, como angustiosa niebla cayendo sobre su alma. Traía por compañero el horrible insomnio, con sus ojos como ascuas, su aliento embargante, fantasma siniestro que no escondía en toda la noche su amarilla faz... ¡Si fuera posible ahogarlo entre las almohadas! Pero cuando el fatigado sentido parecía aletargarse un tanto; cuando una modorra de tres minutos atenuaba el sufrimiento, el fantasma pinchaba por ésta ó la otra parte, y decía: «mírame.»