Muy mal pasó la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no flojo. Su mamá le había anunciado el envío de cierta cantidad, á escondidas de su padre. No venía en letra, sino en oro, y la traía el ordinario de Quintanar. Durante dos días fué Centeno repetidas veces á la Cava Baja, en busca del precioso encargo; mas el ordinario no parecía. Las diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre de malas trazas que entregó á Alejandro el lacrado paquetito. Venía como rocío del cielo, porque la patria estaba sumamente oprimida, y otra vez, para que no se desmintiera el destino del gran manchego, carecía de lo más necesario. Rompiendo impaciente la envoltura del regalo, dijo á Poleró:

—Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?

—Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.

—No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y á tí, Federico, ¿te debo algo?

—¿Á mí? Nada, hijo.

Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz que, cuando se le pedía algo, respondía invariablemente: «Chico, estoy á cero. Acabo de pagar una cuenta que me ha baldado.»

Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó á Felipe:

—Aristóteles... me vas á hacer un favor... En toda la noche he podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos habrá pasado con su forastero, á quien no puede obsequiar ni con un triste vaso de agua clara!... Ve corriendo á llevarle tres duros... Tómalos del cajón.

Cuando Felipe salió á la calle para desempeñar este caritativo encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho más cuerdo era emplear aquel dinero en unas botas, de que tenía muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Sanguijuela insaciable, mientras más le daban, más pedía, sin hartarse nunca. ¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que le diera morcilla. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él, Aristóteles, que tanto trabajaba, salía á la calle casi descalzo?

Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió á una zapatería. Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había hecho el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con él tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo: