Y el plato ¡ay! contenía diversos manjares, bonitos, gustosos, calientes. Decir que el héroe hizo ceremonias ó melindres para empezar á consumir el contenido del plato, sería contar patrañas. Se le alegró el alma de tal modo, que no sabía por dónde empezar, y esto le parecía bien, aquello mejor y todo venido del cielo. Absorbido como estaba su ser enteramente por tan principal función, aún podía distraer el sentido de la vista para echar una mirada al Santísimo Crucifijo, que ya, sin saber cómo, tenía rostro de contento. Era más bien el Señor Resucitado que volaba hacia el cielo, rodeado de gloria. Lo más gracioso era que seguían aún hablando de él en la mesa. Quizás decían alguna broma inconveniente; quizás le comparaban á los gatos, cuando cogen un bocado sabroso y se van á un rincón á comérselo. En efecto... maquinalmente se había vuelto Felipe de cara hacia la pared, con el plato en las rodillas, y así despachaba su regalo. ¡Vaya unas cosas ricas! ¡qué gran persona era don Florencio! ¡Y el señor de la voz hermosa, qué gracioso!... Pues aquellas tajadas parecían gloria ó pedazos desprendidos de la bienaventuranza eterna. Sin duda eran de la misma carne de las mejillas de la niña bonita que alargaba el cuello para mirarle desde su asiento... ¡Buen queso, bueno! No había niña mejor que aquella doña tal. ¡Y el niño qué bonito, y las aceitunas qué sabrosas...! Desde el rincón, miraba él por el rabillo del ojo hacia la puerta sin atreverse á arrostrar la curiosidad de los comensales. Se reían, y la niña bonita se había levantado para verle mejor.

Por fin el plato se quedó vacío, y el mismo niño rubio le trajo pasas, almendras y una golosina amarilla, redonda, lustrosa como cristal, por de fuera dura y quebradiza como caramelo, por dentro blanda y más dulce y rica que todas las mieles posibles... Los de la mesa dejaron de fijar su atención en el héroe. Allí no se pensaba ya más que en beber. El de la voz hermosa debía de ser una humana bodega, según lo que podía almacenar dentro de su cuerpo; las niñas hacían melindres; el otro las llamaba cobardes y ñoñas. Risas y más risas, apremios, protestas, carcajadas; mucho de No, por Dios; repetición incesante del Vamos, Amparo, esta copita; luego otra voz: Ay, no, no, don Pedro, por Dios. Y después: Jesús, qué melindrosa... Pero usted me quiere emborrachar... vamos... así, valiente...—¡Ay, cómo pica!

Don Florencio, fanático por las aguas de Madrid, apenas probaba el Valdepeñas. El héroe le oyó abominar con sesudas razones del ardiente Jerez, y, sobre todo, de los vinos compuestos, licores y demás brebajes extranjeros.

—¿Te gustan los obscuritos y manchados, ó los rubios y flojos?—le oyó decir Felipe aludiendo sin duda á los cigarros, que mostraba en una envoltura de papel.—Son de estanco, pero bien escogiditos.

—Á ver éste qué le parece á usted,—dijo el otro sacando un manojo de brevas negras y olorosas.

—Hombre, eso es más fuerte que la pez. Yo no salgo de mis coraceros. Gracias...

Restallaron las cerillas... Humo.

Y al poco rato vió Centeno asomar por la puerta un señor no muy alto, doblado y potente, todo vestido de negro. El rostro hacía juego con el traje, pues era muy moreno. Bien afeitada la barba, los cañones negros sobre la cárdena piel, cruelmente tundida por la navaja, dábanle como aspecto de figura de bronce. Traía en la boca un desmedido puro, del cual debía de sacar mucho gusto, según la fe con que lo chupaba.

Bastaba mirarle una vez para ver cómo á la superficie de aquella constitución sanguínea salía la conciencia fisiológica, el yo animal, que en aquel caso estaba recogido en sí mismo con indolencia, meditando en los términos de una digestión satisfactoria. Paso á paso llegó hasta el héroe, y le miró de pies á cabeza sin decir nada. Felipe, sobrecogido de respeto que casi rayaba en terror, se puso en pie y esperó... ¡Qué ojos los de aquel hombre!

IV