En la cavidad ancha, triste, pesada, jaquecosa de la escuela, se veían cuadros terroríficos: allá un Nazareno puesto en cruz; aquí dos ó tres mártires de rodillas con los calzones rotos; á esta parte, otro condenado pálido, cadavérico, todo lleno de congojas y trasudores, porque se le había atragantado una suma; más lejos otro con un cachirulo de papel en la cabeza y orejas de burro, porque sin querer se había comido una definición. Como el sol reverbera sobre el rocío, así, por toda la extensión de la clase, las sonrisas abrillantaban las lágrimas, cuando no las secaba el ardor de las mejillas. Los números y rayas trazadas en los encerados daban frío, y mareaban los grandes letreros y las máximas morales escritas en carteles. Las negras carpetas, al abrirse, bostezaban, y los tinteros, ávidos de manchar, hacían todo lo posible por encontrar ocasión de volcarse... Daba grima ver tanto dedo torpe y rígido agarrando una pluma para trazar palotes, que más se torcían cuanto mayor era el empeño en enderezarlos. Las bocas, nerviositas, hacían muecas con el difícil rasgueo de la pluma... Á lo mejor, un cráneo sonaba seco al golpe de un puño cerrado y duro. Restallaban mejillas sacudidas por carnosa mano. Los pellizcos no cesaban, y á cada segundo se oía un ¡ay! Se confundían las voces de bruto, acémila, con los lamentos, las protestas y el lastimoso y terrorífico yo no he sido. La palmeta iba cayendo de mano en mano, incansable, celosa de su misión educatriz, aporreando sin piedad á todo el que cogía. La quemazón de la sangre, el cosquilleo, el dolor agudísimo, daban entendimiento al torpe, mesura al travieso, diligencia al indolente, silencio al lenguaraz, reposo al inquieto. Y como auxiliares de aquel docto instrumento, una caña y á veces flexible vara de mimbre sacudían el polvo. Había nalgas como tomates, carrillos como pimientos, ojos con llamaradas, frentes mojadas de sudor de agonía, y todo era picazones, escozor, cosquilleo, latidos, ardor y suplicio de carnes y huesos.

Salvas las contadas ocasiones en que se veía cruzar por el aire una mosca con rabo de papel, sucediendo á esto la algazara propia del caso, el aburrimiento llenaba las horas de la clase, aquellas horas que avanzaban arrastrándose como las babosas sobre una peña. Los miembros se entumecían, y no había fuerza humana capaz de impedir las patadas, los desperezos, el acostar la cabeza sobre los brazos cruzados, el cuchicheo, la inquietud... Una autoridad férrea, despótica, á quien la conciencia del deber daba algo de la crueldad sublime que enalteció á Junio Bruto, Jefté y Guzmán el Bueno, recorría los bancos, desde que se notaban los primeros síntomas de la rebelión del fastidio. Á la manera que el cómitre de una galera iba sacudiendo con duro látigo la pereza de los infelices condenados al remo, así don Pedro ponía rápido correctivo con su vara ó su mano al arrastrar de suelas, á las pandiculaciones, al cuchicheo, al mirar, al reir. ¡Pobres orejas! ¡Cuántas veces se veía la mano del maestro levantar muy alto una cabeza suspendida de una oreja, ó empujar otra sobre la carpeta con tal fuerza, que á poco más se incrusta la nariz en la tabla!... Su máxima era: Siembra coscorrones y recogerás sabios.

II

Don Pedro Polo y Cortés era de Medellín: por lo tanto, tenía con el conquistador de Méjico la doble conexión del apellido y de la cuna. ¿Había parentesco? Dice Clío que no sabe jota de esto. Doña Claudia, madre de nuestro extremeño, sostenía que sí; mas para probarlo se vale del sentimiento antes que de las razones. El padre, hombre que gozó la más pura y noble fama de honradez, murió desastrosamente en la cárcel veinte años antes de estos sucesos que ahora referimos. Perseguido con saña por graves delitos ajenos, de que su buena fe le hizo en apariencia responsable, fué mártir del honor; fué, como suele decirse, un carácter elevado y glorioso, de esos que, si no abundan, no faltan tampoco en cada edad, para que conste, conforme al plan del mundo, que éste no es patrimonio de los malos. Murió como un santo, y muchos están con menos motivo en los altares.

La familia no había vivido nunca con holgura, y muerto el jefe de ella, quedó en triste miseria. Á Pedro Polo le correspondía llevarla sobre sí, cosa en extremo difícil, pues se encontraba con veinticuatro años á la espalda, sin haber estudiado cosa alguna, sin oficio, carrera ni habilidad que pudiera serle provechosa. Sólo sabía leer, escribir, contar y un poco de latín más macarrónico que erudito. Había pasado la niñez y lo mejor de su juventud dedicado á divertimientos corporales y al saludable ejercicio de la caza. De su complexión atlética, ¿qué beneficio podía sacar como no fuera un jornal mísero? Á las ciencias no les tenía maldita afición. La milicia le seducía, pero ya era tarde para pensar en ella. Ir á cualquier parte de las próvidas Américas en busca de fortuna, cuadraba á su natural aventurero y á su atrevido espíritu; pero mientras parecía la fortuna, que allí como en todas partes no se alcanza sin trabajo y paciencia, ¿de qué vivirían su madre y su hermana? El comercio no le desagradaba; pero no tenía más capital que su escopeta y un poco de pólvora. Cualquier profesión, por breve y fácil que fuese, requería tiempo y libros, y la necesidad de familia no admitía espera. Una sola carrera ó profesión existía que pudiera acometer y lograr en poco tiempo el joven Polo. Apretábale á seguirla un tío suyo materno en tercer grado, canónigo de la catedral de Coria; hubo lucha, sugestiones, lágrimas femeninas, dimes y diretes; el tío ofreció pensionar á la madre y hermana mientras durasen los estudios, y por fin, todos estos estímulos, y más que ninguno el agudísimo de la necesidad, vencieron la repugnancia de Polo, le fingieron una vocación que no tenía, y...

Cantó misa, y la familia tuvo un apoyo. Cinco años pasó Polo y Cortés en Medellín, viviendo con estrechez, pero viviendo. Con sus misas, sus funerales y bautizos, desempeñando la coadjutoría de la parroquia, pudo pagar deudas onerosas que abrumaban á la familia. Disentimientos y rivalidades de sacristía le obligaron á salir de su pueblo. Vivió algún tiempo en Trujillo; desempeñó más tarde un curato en Puente del Arzobispo, y luego residió seis años en Toledo, siempre con grandísima penuria, mortificado por la pena de no poder sacar á su madre y hermana de aquella triste vida, llena de incomodidades y pobreza. Tuvo esto feliz término cuando se estableció en Madrid. ¡Gracias á Dios que le sonreía la fortuna! Desde que una azafata de la Reina, extremeña, solicitó y obtuvo para Pedro Polo el capellanazgo de las monjas mercenarias calzadas de San Fernando, la vida de aquellas tres personas tomó cariz más risueño y un rumbo enteramente dichoso. ¡Las monjas eran tan buenas, tan cariñosas, tan señoras...! Ellas mismas sugirieron á su bizarro capellán la idea de poner una escuela donde recibieran instrucción cristiana y yugo social los muchachos más díscolos; y para realizar este noble pensamiento, le ofrecieron el local que tenían en el callejón de San Marcos, en la casa del marquesado de Aquila-Fuente, tronco de aquella piadosa fundación.

Era el edificio tan viejo, que sólo por respeto á su origen glorioso se conservaba en pie. La planta principal servía para habitación de don Pedro y su familia, y la baja, con espaciosas cuadras, para albergar la escuela y toda la chiquillería consiguiente. Hermoso plan, tan pronto pensado como hecho. Así como el tío canónigo (á quien don Pedro en sus ratos de jovialidad solía llamar el bobo de Coria) había dicho hágote sacerdote, las monjas habían dicho á su vez hágote maestro. Para su sotana pensaba Polo así: «¿Clérigo dijiste? pues á ello. ¿Profesor dijiste? pues conforme.» Dichosa edad ésta en que el hombre recibe su destino hecho y ajustado como tomaría un vestido de manos del sastre, y en que lo más fácil y provechoso para él es bailar al son que le tocan. Música, música y viva la Providencia.

El éxito de la escuela fué grande. Centenares de hijos del hombre acudieron de todas las partes del barrio, atraídos por la fama de docto, juicioso y paternal que había adquirido Polo sin saber cómo. El caudal de la familia engrosaba lentamente, y viérais por fin cómo se dulcificaba la hasta entonces amarga vida de aquella buena gente; cómo podía gozar doña Claudia de comodidades que hasta entonces no conociera, y Marcelina Polo decorar su persona con severa compostura. No faltaban ya en la casa los alimentos sanos y abundantes, ni el abrigo en invierno, ni los honrados esparcimientos en verano. Aunque la mayor de las satisfacciones de don Pedro Polo era el bienestar de su madre y hermana, á quienes amaba tiernamente, no le disgustaba tomar para sí una parte de los dones de la fortuna, y al año de establecida la escuela se le podía ver y admirar, vestido de seglar ó de cura, según los casos, con la pulcritud y el lujo de los sacerdotes más distinguidos.

Aquel nobilísimo oficio le daba mucho que hacer en sus comienzos, porque tenía que aprender por las noches lo que había de enseñar al día siguiente; trabajo ingrato y penoso que fatigaba su memoria sin recrear su entendimiento. Todo lo enseñaba Polo según el método que él empleara en aprenderlo; mejor dicho, Polo no enseñaba nada: lo que hacía era introducir en la mollera de sus alumnos, por una operación que podríamos llamar inyecto-cerebral, cantidad de fórmulas, definiciones, reglas, generalidades y recetas científicas, que luego se quedaban dentro indigeridas y fosilizadas, embarazando la inteligencia sin darla un átomo de substancia ni dejar fluir las ideas propias, bien así como las piedras que obstruyen el conducto de una fuente. De aquí viene que generaciones enteras padezcan enfermedad dolorosísima, que no es otra cosa que el mal de piedra del cerebro.

III