En estas conversaciones pasaban el tiempo, y se acompañaban el uno al otro en sus recados. Á menudo Juanito hacía ponderaciones de su estado y familia, diciendo:
—Hijí... cuando menos lo pienses, te he de colocar... porque mira, mi padre tiene muchas haciendas, y aunque está sirviendo, es porque van á subir los de acá, y lo menos le hacen comendante... Yo como todos los días gallina y jamón, porque mamá tiene una amiga que es duquesa y le manda regalos... Un día de éstos verás el caballo que me va á comprar papá. Lo van á traer de las haciendas, ¿estás?
Otras veces, Juanito, que era listo y conservaba en su memoria lo que oía en la redacción, decía á su amigo con misterioso acento:
—Hijí... hijí... ¿no sabes? Esto se va... Vamos al decir, que viene revolución. Los señores lo dicen. Ya está la tropa apalabrada. Se arma, se arma.
Centeno, al oir esto, sentía en su espíritu el pasmo que ocasiona todo anuncio de cosas insólitas, sobrehumanas y jamás vistas ni comprendidas.
—Sí, hijí... cuando yo te lo digo... Esto anda mal, y los curas tienen la culpa de todo... Mi padre, que sabe mucho y es amigo de los pejes gordos, dice que cuando venga la cosa, hay que ahorcar á mucho pillo. Á un hermano de papá le mataron en otra trifulca, y papá dice que se la han de pagar... porque cuando venga la cosa, habrá lo que llaman melicia.
—Pues algo va á pasar—manifestó Felipe, dándose importancia,—porque ayer don Pedro, en la mesa, dijo que esto se pone feo... ¿oyes? y habló del Gobierno, de la tropa, del Porsupuesto... Él también lee por las mañanas un papel, y el otro día contaba que... pues, no me acuerdo. Tú que sabes estas cosucas, dí, ¿qué quiere decir las turbas?
—¿Las turbas?... pues las turbas... Hijí... eso está claro. Las turbas somos nosotros.
Alguna vez les sorprendía don Pedro, al salir de noche, en estas conferencias, sentados en la puerta de la redacción ó en otra más allá, fumando entre los dos á turno un roto cigarrillo. El maestro no se contentaba con reprender y castigar á Felipe, sino que á los dos les sacudía algunos pescozones, diciéndoles:
—Tunantes, id á vuestra obligación.