—Aquel obispote que está en el altar mayor, es el capitán general de los curas... ¡Vaya un peje!... ¡Cuando se arme...!
Concluída la función, hubo refresco en casa de don Pedro. Las monjas enviaron dulces y bartolillos, y el predicador laureado sacó de un misterioso armario de su cuarto botellas de vino añejo que le había regalado el padre de uno de sus alumnos. Brindó el fotógrafo por el primero de nuestros oradores sagrados, cuyo elogio recibió don Pedro con carcajadas de modestia. El oficial de Hacienda, frotándose las manos, no cesaba de decir:
—Bien, señor de Polo, muy bien.
Doña Claudia se reía como si no tuviera bien sentado el juicio, y el majestuosísimo don Florencio Mora...les y Temprado daba fuertes palmadas en el hombro del héroe del día, promulgando estas observaciones que merecen ser entregadas á la posteridad:
—Vas á dejar atrás al célebre Troncoso y á ese que llaman Bordalúo... Estuviste muy propio. Así da gusto oir predicar. Esto es religión, porque francamente y entre paréntesis, querido, cuando suben á la cátedra del Espíritu Santo, ó pongamos el caso, á la tribuna de un Congreso, algunos que...
Amparo y Refugio miraban á Polo con cierta veneración. Refugio, que era un tanto desenvuelta, sin menoscabo de su inocencia y purísimas costumbres, dijo así con risa y donaire:
—Don Pedro, estaba usted muy guapo en el púlpito.
Amparo, que era muy callada, tendiendo siempre á la melancolía, no decía nada.
Obsequiaba Polo á sus amigos con exquisita urbanidad. Vestía, no sin elegancia, su negra sotana limpia, y más que rancio y descuidado cura español, parecía uno de esos italianos de la Nunciatura, hechos al roce del mundo y al trato de gentes cortesanas. Cuando se suscitó aquella cuestión de si estaba más ó menos guapo en el púlpito, echóse á reir y dijo con mucha sorna:
—Pero, Refugio, si tú no me has visto... Yo te ví, y me parece que te dormías.