Ambos le tocaron con la punta del pie. Después Cienfuegos, arrodillándose, le observó de cerca. Le sacudieron, le incorporaron. Nada: como un saco.

—Parece desmayado... ¡Eh! chico, despabílate. ¿Tienes hambre, frío?... Á ver, Cienfuegos, mediquillo, lúcete. ¿Qué es esto?

—¿Qué ha de ser? Borrachera... Es un pillete. Mira cómo abre los ojos... ¡Eh! mequetrefe, ¿te estás burlando de nosotros? Si hubiera por ahí un jarro de agua, se lo echaríamos por la cabeza... ¡Eh! perdis, levántate.

—Hombre, no le pegues.

—Enséñale dos cuartos y verás cómo salta.

El héroe abrió los ojos... Pero como si la impresión de la luz renovara su mal, apretó los párpados, quedándose otra vez como muerto.

—¿Has bebido más de la cuenta? ¿Tienes frío? Si no respondes, te echaremos á rodar por el cerrillo abajo.

Uno le cogió por los hombros, otro por los pies y le balancearon un rato. Se divertían de veras. Pusiéronle después en mejor sitio, y Miquis, con seriedad filantrópica, dijo á su compañero:

—Hay que ver lo que tiene. No seamos bárbaros... Si yo fuera médico... Porque se dan casos de muerte por hambre. ¿Qué se te ocurre, qué dices? Hombre, receta.

—Al momento. Pero para este mal, la botica es la panadería.