Tenía un fanatismo que la avasallaba: el de la limpieza. Su vida se distribuía en dos clases de ocupaciones, correspondiendo á una división metódica del día en dos partes. Por la mañana, consagraba tres horas á la parroquia de San Pedro, donde oía cuatro ó cinco misas. Desde que tornaba á su casa hasta la noche, pasaba invariablemente el tiempo limpiando todo, frotando el nogal de los muebles, lavando con un trapito las imágenes de madera y los cristales de los cuadros, persiguiendo el polvo hasta en los más recónditos huequecillos, dando sustento á los pájaros y limpiándoles los comederos, las jaulas, los palitos en que se posan, regando las flores de sus amenos balcones. Esto no había tenido variación en muchísimos años, ni lo tendría hasta el acabamiento de doña Isabel Godoy de la Hinojosa. La limpieza general se hacía diariamente. Ya no era costumbre, era un dogma. Tenía doña Isabel una criada, de edad madura, de toda confianza, y entre ambas se repartían el trabajo por igual. Doña Isabel barría también, sacudía, estropajeaba, llevaba muebles de aquí para allí, y metía sus activas manos en todo.
¡Comer!... Aquí viene uno de los aspectos (para hablar el lenguaje de la Historia) más notables, del carácter de la Godoy. El aseo, llevado al frenesí, se manifestaba en ella paralelamente á los escrúpulos en materia de alimento, de tal modo, que no entraba por la boca de la dama cosa alguna que no aderezara ella misma; pues ni de su criada, más que criada, amiga, se fiaba para esto. No comía carne de vaca, porque siendo este artículo de muy poco ó ningún uso en la Mancha, su patria, siempre lo miró con repugnancia. Cuando se dignaba admitir en su cocina medio cabrito, ó recental, ó bien gorda gallina, lo lavaba tanto y en tantas aguas, que le hacía perder toda substancia. El vino no lo probaba, por ser de las cosas más sucias que existen. El pan de las tahonas... vade retro. El ordinario de Quintanar le traía mensualmente hogazas duras y bollos y tortas, con otras cosas de que se hablará más adelante. En el chocolate ponía doña Isabel todo su esmero, por ser lo que le gustaba más y lo único que tomaba con deleite. No compraba nunca el de los molinos y fábricas, que se compone de mil ingredientes nocivos ó asquerosos: llevaba un mozo á la casa para que le labrara la tarea de cuatro meses, y ella le inspeccionaba, sin quitarle la vista de encima, por si se atravesaba una mosca ó se le caía al buen hombre de la trabajadora frente alguna gota de sudor... Luego hacía ella misma la onza de cada mañana en una cocinilla de espíritu, y ponía en esta operación un cuidado, un esmero, que ni los del sacerdote, manejando el Pan eucarístico, se le igualara. Acompañaba el chocolate, no de mojicones, no de bizcochos traídos de las tiendas, sino de unos como piruétanos ó cachirulos que le mandaban las monjas Franciscas del Toboso.
Delicadísima y llena de ascos en materias de comer, doña Isabel no podía pasarse sin los manjares y golosinas de su tierra. Era de esas personas refractarias á la adaptación alimenticia, y que por do quiera que van han de llevar el bocado con que las criaron. Su olla era enteramente castellana por los cuatro costados, y en vez de sopa, comía todos los días gachas, preparadas según el más puro rito manchego. No las hacía de harina de trigo, sino de titos, que es un guisante pequeño, y en los días grandes añadíale el tocino, el hígado de cerdo bien machacado y siempre bastante pimienta y orégano. Esta olorosa especia sazonaba y aromatizaba todos los guisos de la cocina de doña Isabel. Su aroma, juntamente con el de otras hierbas, llenaba la atmósfera de la casa. Conviene añadir, para que no pierdan las gachas su carácter, que doña Isabel, fiel á los manchegos usos, no las comía con cuchara, sino con rebanadas de pan y en la misma sartén.
El ordinario de Quintanar, que paraba en la posada de Ocaña, surtía mensualmente á la Godoy de diferentes artículos del país, sin los cuales infaliblemente la señora se habría dejado morir de inanición. ¡Ella comer cosas de este Madrid puerquísimo...! Además de la harina de titos, el ordinario le traía las indígenas tortas de manteca, hojaldradas, con sabrosos chicharros dentro; traíale también grandes cántaros de mostillo y arrope del mejor que se hace en Miguel Esteban, queso del campo de Criptana, bizcochos de Villanueva del Gardete, bañados y tiernísimos, que tienen fama en toda España. Pero lo más importante que recibía la Godoy era el lomo, frito y en manteca, de modo que con él se improvisaba un principio en un decir Jesús. También se lo mandaban en la forma que llaman rollos, envuelto en masa de harina y aceite, y acompañado interiormente de huevos, chorizos y jamón.
Con estos elementos aderezaba diariamente la señora su comida. En Cuaresma hacía lo que llaman por allá un ajillo de patatas, y el día del Corpus, por ser costumbre inmemorial é infalible en la tierra, no podía faltar en su mesa cordero con arroz. Hasta los postres venían del Toboso ó de Quintanar por mano de aquel bendito ordinario. Consistían en el manjar más inocente del mundo, que de ordinario sirve para sustento de los pajarillos: cañamones tostados. Á la señora le gustaban mucho, y ningún día, á no ser los de gran ayuno, dejaba de comerse una docena. Las Franciscas del Toboso solían mandarle almendras garapiñadas, que eran su especialidad. Con ser manchega de pura raza y tener sus propiedades arrendadas para el cultivo del azafrán, doña Isabel no usaba nunca esta droga tintórea. Por las infusiones teínas de diferentes hierbas tenía verdadera pasión, y un surtido y acopio tan abundantes, que le faltaba poco á la casa para ser la más completa herbolería. No se acostaba sin tomarse un tazón de salvia ó de manzanilla, según los casos; á veces de hierba-luisa. Jamás probó el té chinesco, y el café no lo conocía más que de nombre.
La criada, que desde luengos años la servía, era una mujer de bastante edad, toda cargada de refajos verdes y amarillos, y con gran moño de trenza, atado con cordón que terminaba en el huesecillo que llaman higa, para librarse del mal de ojo. La comunidad de vida con doña Isabel la asimiló pasmosamente con ésta. Pegáronsele primero los escrúpulos, luego los gustos, las costumbres, y, por último, el modo de hablar y hasta la fisonomía... Últimamente todo era en ellas común: el trabajo, la comida, los rezos y hasta los pensamientos.
Sólo el que frecuentara la casa habría podido separar bien aquellos dos rostros y caracteres, destruyendo la aparente combinación ó cambio molecular que entre ellas había, y dar á cada una lo suyo, presentando á Teresa cual mujer sesuda, grave y de bien sentados razonamientos; haciendo ver, por el contrario, en doña Isabel un cerebro soliviantado, dentro del cual parecía que trinaban con más gusto que en sus jaulas todos los verderones y jilgueros que en la casa había.
V
Historia. Doña Isabel Godoy de la Hinojosa era tía de la madre de nuestros amigos Augusto y Alejandro Miquis.
No atendáis al olor de privanza que aquel apellido tiene, para suponer parentesco entre esta familia y el Príncipe de la Paz. Aunque de procedencia extremeña, estos Godoyes nada tenían que ver con aquél por tantas razones famosísimo y más desgraciado que perverso. Desde el siglo pasado aparece prepotente en Almagro, y poco después en el Toboso y en Quintanar, la estirpe de doña Isabel, consagrada á la propiedad territorial y á la caza. Y fué tan fecunda en segundones, que dió al Estado más de un consejero de Indias, muchos guardias de Corps al Ejército, á la Iglesia regular y secular doctos definidores y capellanes de Reyes Nuevos.