Doña Isabel trabó amistad con su vecina: hizo la prueba de un oráculo, y quedó tan complacida, que le entró descomunal afición á tales patrañas. No había semana que no bajase un par de veces á consultar la filosofía hermética en el libro de las cuarenta y ocho hojas, y de cada consulta le salían admirables predicciones y avisos que escrupulosamente seguía. La vecina de doña Isabel gozó en aquellos años de mucho auge y prosperidad. Tenía para sus trabajos de cartomancia un aposento con muchas imágenes de santos, alumbrados con velas verdes, y sobre una mesa bonitísima hacía sus juegos y arrumacos. Según lo que se le pagaba, así eran largos ó breves los aspavientos y el quita y pon de naipes, todo acompañado de palabras obscuras.
Doña Isabel se iba siempre á lo más gordo, haciéndose aplicar la tarifa máxima, que le aseguraba misterios muy hondos y desconocidos. ¡Eterno anhelo de ciertas almas, ver lo distante, conocer lo que no ha pasado aún, robar al tiempo sus secretos planes, plagiar á Dios, y hacer una escapada y meterse en lo infinito! Doña Isabel había consultado últimamente un negocio de la mayor importancia. Cortada la baraja con la mano izquierda, y divididos los naipes de cinco en cinco, la pitonisa había contado de derecha á izquierda (uso oriental) explicando la significación de los que aparecían en la séptima y sus múltiplos. Veamos: el tres de copas anunciaba un negocio próspero; el rey de espadas, que un letrado se mezclaría en el asunto; el caballo de copas, ó sea el Diablo, procuraría echarlo á perder; finalmente, el as de oros decía clarito, como tres y dos son cinco, que todo saldría por maravilla, y que el maldito renegado caballo de copas (léase don Pedro Miquis) quedaría confundido, maltrecho y hecho pedazos.
Vivía doña Isabel de las rentas de sus tierras, que no eran valiosas. Casi toda su fortuna estaba en fragmentos ó piezas muy pequeñas, diseminadas por los términos de Miguel Esteban, el Toboso y Villanueva del Gardete. Junto á las lagunas de Ruidera poseía unas estepas salitrosas de más de dos leguas, que no le daban veinte duros al año. Las piezas de valor teníalas arrendadas á los labradores pobres de la comarca, que cultivan el azafrán, esa droga que debiera llamarse oro vegetal, porque vale tanto como el más fino de la Arabia ó el de los peruanos montes. No obstante, los que crían y peinan las doradas hebras de esta rica florecilla son los más pobres de la Mancha, porque el cultivo del azafrán es muy costoso y el mucho esmero que exige embebe todas las ganancias. Doña Isabel vivía, pues, de esa pintura de las comidas españolas; droga, además, de valor en la farmacia y en la industria tintórea. Sus tierras daban los menudos hilillos de oro, que el mercader coge con respeto en las puntas de los dedos para pesarlo. Se cotizaba antes á onza la onza, es decir, oro por oro. Hoy vale doce duros y aún menos.
El administrador de la señora en el Toboso se entendía con Muñoz y Nones, Notario de Madrid, manchego, y éste entregaba mensualmente á doña Isabel una cantidad no grande, pero sobrada para sus necesidades. Todos los años, al dar cuentas, recogía los ahorros de la señora para ponerlos á interés.
Vamos al negocio.—En la dirección de la Deuda tenía doña Isabel un expediente de liquidación y conversión de juros. El origen de este papel era un préstamo hecho por Godoy á la Real Hacienda, allá en tiempos remotísimos, con la garantía de las alcabalas de Almagro. Solicitó la señora la conversión con arreglo á la ley del 55; pero lo que pasa... el expediente se eternizaba en el encantado laberinto de nuestras oficinas. Por dicha, desde que lo tomó por su cuenta Muñoz y Nones, el expediente empezó á despertar de su letargo, dió señales de vida, fué de aquí para allá, de mesa en mesa, de departamento en departamento, y ahora me le echan una firma, después dos, ya le añadían papelotes, ya le agregaban números, hasta que por fin se le señaló día para salir de aquel Purgatorio, y fué un hecho la conversión de la antigua deuda por renta perpetua del 3 por 100.
Es incalculable lo que pierde el dinero en estos traspasos y caídas al través de la tortuosa Historia nacional. Los 900.000 reales que los Godoyes, con patriótica candidez, prestaron al Rey, quedaban reducidos, á causa de los rozamientos financieros, á 48.636 reales. La tercera parte era, según convenio, para Muñoz y Nones. Doña Isabel percibió 32.424 reales. ¿Á quién pertenecía este capital? Á doña Isabel y á su hermana Piedad. No existiendo ésta jurídicamente, si bien su espíritu existía compenetrado en la propia alma de doña Isabel, la mitad de los dinerillos correspondía en rigor de derecho (porque el jus no entiende de transubstanciaciones), correspondía, decimos, á los herederos de Piedad, á su hija única, Piedad también, esposa de Micomicón... ¡Dar á Miquis los 16.212 reales que á su mujer pertenecían! ¡Jesús, qué absurdo! Antes se partiría el mundo en dos pedazos... Porque si el dinero se le entregaba á Piedad, lo cogería Miquis, administrador de los bienes matrimoniales. No, y mil veces no.
El encono profundísimo que la Godoy sentía contra aquella nefanda estirpe de plebeyos groserísimos, avarientos y sin ley, sugirióle los razonamientos que puntualmente se copian aquí:
«Si doy el dinero á mi sobrina, se lo doy al cafre de los cafres, que bastante ha tragado ya, prestando dinero á mi familia al 18 por 100. No, no, Dios de justicia: con tu santo permiso, voy á jugarle una trastada... ¡Pero qué linda y pesada jugarreta! Me la aconseja San Antonio bendito, y la he visto clara en el frío lenguaje de las cartas, movidas y barajadas por los mismos ángeles... Pero si me guardo ese dinero, es pecado. ¿Lo daré á mi hija, encargándole...? No, no puede ser... El salvaje metería sus uñas al instante... No, no; digo que no. Veamos: ¿cuál es el pecado de aquel bárbaro entre los bárbaros? La avaricia. ¿Cuál es el castigo del avaro? La forzada liberalidad. Pues yo hago forzosamente generoso al Mecifuf, y le doy grandísima desazón entregando el dinero á su hijo y mi nieto, no para que lo gaste en golosinas, no para que lo tire con amigotes soeces, sino para que lo emplee en buenos libros, para que emprenda algún instructivo viaje, para que se haga ropas muy majas con que ir á las embajadas y al Real Palacio, para que se afine y decore, viva como un caballero y sepa ilustrar el hermosísimo nombre de Herrera.»
Esto pensó, esto dijo, y se estuvo riendo tres horas seguidas. Aquella noche soñó con la venganza que de los aborrecidos Mengues tomaba, y vió á don Pedro zumbar en torno á su cabeza en forma de caballito del diablo. Pero ella, valerosa, le decía: «Rabia, rabia, que el dinero no es para tí. Revienta, Judas; muérete, Holofernes.»