—Entérate... Quinientos y quinientos, mil... Dos mil, cuatro, ocho... doce, diez y seis... El pico aquí está: diez duros y tres pesetas...

¿Qué pensaba y qué sentía el estudiante al ver aquel sueño hecho vida, aquella mentira verdad, aquella fiebre de su alma resuelta en oro, ni más ni menos que todo el movimiento del Universo, según dicen, se resuelve en calor? Pues su mente poderosa, aunque infantil, no sabía descender á la realidad desde el firmamento de las leyendas; cerníase arriba, en las preñadas nubes de donde llueven la magia, la quiromancia y los sortilegios. No podía bajar á la verdad terrestre; y como por la mañana había entretenido su afán con aquellas quimeras de los astros que hablan y del horóscopo, creíase en lo más tenebroso y poético de la Edad Media, entre magos y nigromantes. Conociendo la afición de su tía á echar las cartas, todos los pormenores de aquel suceso estaban muy en su lugar: era la casa laboratorio de alquimista, al cual sólo faltaban las telarañas para estar en perfecto carácter. Sí: aquel dinero había venido á sus manos por arte de alquimia ó por dictamen de estrellas, coluros ó melenudos cometas. Quizás eran figurados los billetes, en realidad engañosos naipes egipcios, que se iban á deshacer en sus manos tan pronto como los tocara.

—Cuéntalos tú ahora...

—No, si está bien... No faltaba más.

—Hazme el favor de contarlo... No quiero que...

—Por Dios, tiíta...—balbució Miquis con gran torpeza de lengua y de manos.

Los billetes eran billetes... Al tomarlos, sensación dulce y placentera se extendió por su cuerpo, partiendo de las yemas de los dedos. Contarlos no le parecía bien. Además, en su febril dicha, no le importaba recibir un billete de menos.

—Como quieras...

Y él los recogía, los doblaba... ¡Ay, qué momento! Si se hubiera puesto á contar el dinero, de seguro lo habría contado mal. Su espíritu, súbitamente atacado de una exaltación loca, no estaba para cuentas; era insensible al orden y á la fría disciplina de los números... Perdió la noción de la cantidad que representaban aquellos sobados papeles verdes y azules, y no veía más que un caudal abrupto, una suma tan grande como sus sueños, suficiente á todas las necesidades del momento y de mucha parte de su juventud; una suma que duraría eternidades... Se lo metió todo en el bolsillo del pecho, y á cada instante, con disimulo, tocaba á la parte donde su corazón y su ventura estaban, juntitos, como amantes en la luna de miel...

Y en tanto, doña Isabel, atacada de la verbosidad que era uno de los caracteres de su mental dolencia, hablaba, hablaba... ¿De qué? Alejandro la oía sin entender nada. Hacía que escuchaba, moviendo afirmativamente la cabeza, cual muñeco que tiene por pescuezo un resorte; pero estaba su espíritu en otras regiones, y sólo llegaban hasta él palabras sueltas, una cantinela monstruosa: los Herreras, los Miquis, el fielato, la subasta de bienes del clero, la juventud ordinaria del día, las tierras plantadas de anís, el precio del azafrán, la Virgen de la Piedad...