—Pero ¡qué loco, Virgen madre, qué loco!... Allá está dándole ropa... Le ha dado el chaqué azul que no se ha puesto más que tres veces... y dos camisas y unas botas enteramente nuevas... ¡Jesús, Jesús!
En el extremo de la mesa sonó una voz campanuda, dictatorial, que, separando con pausa las sílabas, promulgó esta sesuda frase:
—Acabará en San Bernardino.
II
PEDAGOGÍA
I
Dice Clío, entre otras cosas de menor importancia, que don Pedro Polo y Cortés se levantaba al amanecer, bajaba á la iglesia de las monjas, decía su misa, se desayunaba en la sacristía, fumaba un cigarrillo, volvía después á su casa, charlaba con su madre por espacio de un cuarto de hora, cambiaba de ropa, daba un suspiro... Todo esto ocurría invariablemente día por día, sin que nada faltase, ni el chocolate, ni el suspiro. Esto último era como la señal para entrar en el local de la escuela, cuyas puertas se abrían á las ocho en verano y á las nueve en invierno.
Hemos dicho que se abrían las puertas. ¡María Santísima, qué ruido, qué pataditas, qué empujones! La vetusta casa temblaba como en amenaza de desplomarse. Y el estruendo duraba hasta que aparecía don Pedro, no diré repartiendo bofetones, sino sembrándolos con gesto semejante al del labrador que arroja en tierra la semilla. Luego daba una gran voz. ¡Vaya un silencio, camaradas! Creo que se podría oir el ruido que hiciera una mosca frotándose la trompa con las patas... Después, poquito á poquito, saltaba un murmullo, una sílaba, una palabra, y de esto se iba formando susurro hondo y creciente que no se sabe á dónde llegaría si don Pedro con su potente quos ego no lo atajara.
Había un pasante á quien llamaban don José Ido, hombre aplicadísimo á su deber, pálido como un cirio y con ciertos lóbulos ó verrugones que parecían gotas de cera que le escurrían por la cara; de expresión llorosa y mística, flaco, exangüe, espiritado; manifestando en todo las congojas de una de esas vidas de abnegación y sacrificio heróicamente consagradas á la infancia. Tenía en la frente un mechón de negros y espeluznados cabellos que parecía un pábilo humeante, y en sus ojos, siempre mojados, chisporroteaban, con la humedad y el pestañeo, desgarradoras elegías. Era el mártir obscuro y sin fama de la instrucción, el padre de las generaciones, el fundamento de infinitas glorias, la piedra angular de tantas fortunas y de preclaros hechos. Políticos que habéis firmado sabias leyes; ministros que con un meneo de rúbrica lleváis diariamente la felicidad al corazón de vuestros amigos; negociantes que autorizáis un crédito; notarios que dais fe; poetas que conmovéis la muchedumbre; jurisconsultos que lucháis por el derecho; médicos que curáis, y periodistas que escribís y amantes que fatigáis el correo, acordaos de don José Ido, que al poner una pluma en vuestra mano torpe y al administraros el bautismo de tinta, iniciándoos en la religión de la escritura, os dió diploma y título de cristianos civilizados...