Y hacía Juanito con los brazos un grande y bien arqueado círculo delante de su pecho para dar idea, siquiera fuese aproximada, de la delantera de aquella señora desconocida.

—¡Pues lo que es ésta...!—murmuró Felipe.

Agria y destemplada voz, gritando desde lo alto de la escalera pillo, tunante, llamó al Doctor á su obligación. Subió y entró en la sala á recoger copas y vasos y bandejas. Cuando los señores fumaban, doña Claudia entró con varios papelitos en la mano, diciendo:

—En el 5.505 lleva dos reales Enriqueta. Señor de Lomo, guárdese usted el apuntito. ¡Qué número! Es el mío. Lo soñé hace dos años, y le tengo una ley... Ya me lleva ganados más de mil reales. El que va á salir ahora es el de los tres patitos: el 222. En éste te he puesto la peseta, Amparo. Toma la papeleta. Mira que si la pierdes, no pago. Hace cuarenta y tres extracciones que este número no sale. Ahora, ahora... Á la cuarenta y cuatro le toca, es decir, al doble de dos de sus tres números. Esto es claro como el agua.

Don Pedro, el fotógrafo y Morales convinieron en que era preciso dar un buen paseo para hacer ganas de comer, y salieron llevando consigo á Amparo. Los demás se fueron poco más tarde, dejando concertada la hora en que se habían de reunir por la noche para comer. Ninguno faltó á la cita; celebróse el festín; lucióse doña Saturnina; dijo muchas agudezas algo libres el fotógrafo, y oportunidades sin número, llenas de donaire y finura, el insigne don Pedro; rieron mucho Amparo y Refugio; se le fué el santo al cielo al empleado de Hacienda; también á Sánchez Emperador, y aun hay ciertos indicios de que doña Claudia no conservó en toda la comida la plenitud y claridad de su juicioso entendimiento. Por último, don Florencio se puso como una cuba, y no de vino, hasta el punto de que, al decir del fotógrafo, podía navegar una fragata dentro de su estómago.

Por la noche, Felipe estuvo indigesto; don Pedro ¡ay! muy triste.

XI

Algunos días después de aquél por tantos conceptos memorable, doña Claudia notaba con asombro y pena que su hijo había perdido el apetito. Era cosa de llamar al médico; pero don Pedro, con malísimo talante, se opuso á tan descabellada idea, diciendo: «Si las ganas de comer están ahora de menos, váyase por cuando han estado de sobra.» Por las noches, no obstante su inapetencia, daba prisa para que le sirvieran la cena; despachábala en un santiamén, picando con el tenedor en éste y el otro plato, probando más bien que comiendo, y parecía que le faltaba tiempo para echarse á la calle.

—Estoy abotagado—decía,—y necesito mucho, mucho ejercicio.

Más que pictórico, estaba nuestro capellán desmedrado y flatulento, como quien padece desgana ó insomnios. Y era verdad que dormía poco, no cuidándose él ciertamente de halagar el sueño, sino más bien espantándolo con sus lecturas á deshora, las cuales á veces duraban hasta el amanecer. Habíase impuesto con rigor de anacoreta la prohibición de leer historias de guerras y conquistas, novelas, viajes y demás cosas incitativas de su espíritu activo; ayunaba de aquel pasto heróico, y para dominarse y flagelarse y someterse, apechugaba valeroso con los alimentos más desabridos de la literatura eclesiástica. Por desgracia suya, pronto le faltaron las fuerzas para esta cruelísima penitencia. Ni La Rosa mística desplegada, ni el Imán de la gracia, ni el Mes de San José, ni otras obras insípidas que tenía en su biblioteca, sin saber bien cómo habían ido á ella, privaron por mucho tiempo en su espíritu. Hastiadísimo, las confinó á un hueco de su estante, donde probablemente estarían intactas hasta la consumación de los siglos.