—Yo te diré lo que hay—manifestó Cienfuegos.—Alejandro tiene una tía, que le ha prometido darle trigo... pero trigo... en gordo... Pasan días y días, y el recadito de la tía no parece.
—Me dijo que á mitad de la semana, y la semana ha concluído.
—Un día más ó menos...
—Es que tengo un desasosiego...—suspiró Miquis, mostrando bien en su voz y en su gesto lo que decía.—Temo que si pasa tiempo, recobre mi tía el juicio.
—Que lo pierda, querrás decir.
—No, hombre, no, porque mi tía está loca, y al darme lo que ha prometido, si es que me lo da, se acreditará de rematada... Estoy agonizando... ¿Se habrá arrepentido? ¿Habrá entrado en aquel cerebro un rayo de esa luz del sentido común que anda esparcida por el mundo, sin que la vean muchos de los que tienen ojos? Porque se dan casos de que la vean, antes que nadie, los topos.
—Pues vete á su casa, tonto, y pregúntale, y dile: «Señora tía, ¿me da usted ó no lo que me ha prometido?»
—Es tan nervioso y tan pusilánime—observó Cienfuegos,—que no se atreve á ir, porque si la señora le dice que no hay nada, se desmaya.
—¡Yo no voy, yo no voy!—declaró el manchego volviendo á pasearse.—Si después de haberme consentido dice nones, creo que cojo una enfermedad.
Ruiz se frotaba las manos, riendo con aquella expresión burlona que tenía para todo, para lo grave y lo cómico.