—¡Cómo me voy á reir! Me parece que estoy viendo á tu padre, furioso, echando espumarajos por aquella boca... ¡Que reviente... mejor! Digan lo que quieran, todos los Mengues, uno tras otro, han de tener su castigo en este mundo.
Alejandro no daba gran importancia á estas razones, porque tenía en muy poco el juicio de doña Isabel, y las juzgaba rarezas y tonterías. Por otra parte, si la tiíta arrojaba diariamente á los caciques del Toboso toda clase de invectivas, con Alejandro (ella le decía siempre Alejandro Herrera) estaba siempre á partir un piñón. Le recibía gozosa, y alguna vez, después de hacerle mil preguntas sobre sus estudios, sus relaciones y pasatiempos, abría un cajón de la cómoda panzuda, y de un bolsillico muy mono sacaba una moneda de dos duros.
—¿Ves? ¡qué rica!—le decía, mostrándosela entre dos dedos.—¿Te gusta esta golosina? Es para que vayas al teatro á ver una función honesta y entretenida.
Más de un sermón le echó sobre la bajeza y grosería de la juventud de estos tiempos.
—Los chicos de hoy—le decía,—sabrán más que los de mi tiempo: en eso no me meto. Y no sé, no sé: si de lo que aprenden hoy se quitan las herejías y maldades, poco ha de quedar. Pero sea lo que quiera, si en ciencia valen más, lo que es en urbanidad y en modales están muy por debajo. Y si no, dime tú, ¿conoces entre tus amigos alguno que sepa trinchar un ave en una mesa de cumplimiento? ¿Cuál habrá que sepa sentarse derecho en una silla, decir finuras á una dama, y sostener con ella conversación amena, cortés y escogida? Ninguno. Todos son unos ordinarios, que sólo saben decir palabrotas, recostarse en los asientos de los cafés, disputar á gritos, escupir en el suelo y ponerlo como una estercolera, fumar y expresarse como los jayanes y matachines. Poco del mundo actual conozco, porque no salgo de mi casa; pero lo poco que he visto me da mucho asco... Es menester que tú no te parezcas á esos gandules de los cafés; es preciso que adquieras buenos modales, que seas fino, que frecuentes la sociedad, que te hagas presentar en alguna honesta reunión, y que huyas de las tertulias hombrunas, donde no se aprenden más que groserías.
Para tenerla contenta, y siguiendo el consejo de su padre, que le ordenaba llevar en todo el genio á la tiíta, Alejandro le llenaba la cabeza con éstos y otros inocentes embustes:
—Pues, tiíta, yo voy todas las noches á una tertulia de señoras finas, donde no se habla más que de cosas honradas... Me van á llevar á los bailes de la Embajada de Austria, para lo cual me he encargado ya el frac... Tengo pensado ir á Palacio. Un amigo quiere presentarme á Su Majestad...
Entusiasmábase con esto doña Isabel, y decía:
—¡Así, así te quiero!... Lo de ir á Palacio á besar la mano de esa perla de las reinas, me enamora. Yo, si no estuviera tan vieja, iría también... Tengo prometida una visita á Su Majestad; pero ¿para qué quiere la señora ver vejestorios en su real casa? Yo rezo por ella y por la felicidad de su reinado, así como por todos los príncipes cristianos... ¡Viva Isabel, y muera la cobarde facción!