—Sí: ya los días son nada.
—¡Cosa tan rara!... á las seis de la tarde, noche.
—El tiempo vuela.
Alejandro le alargaba su mano, cuando la señora, resistiéndose á estrecharla con la suya, le dijo:
—No, grandísimo gorrino; no juntarás tu mano asquerosa con la de una dama... Es preciso que te civilices. Ven acá y lávate.
Llevóle á su cuarto, y echando agua en la jofaina, le obligó á darse una buena fregadura en las manos. Ella misma le ayudaba con tanta fuerza, que por poco le despelleja. Esto lo hacía casi siempre que el estudiante iba á su casa. Mientras se lavaba, la Godoy decía:
—Así, así. ¡Oh! ¡qué niños éstos! ¡Cuándo se había de ver en mi tiempo un joven con esas manazas de cavador!... Otra cosa hay que me estomaca, y es esas barbas que han dado en usar ahora todos los hombres.
Alejandro tenía en su cara un vello, ya muy crecido para bozo, si bien corto aún para ser barba, en el cual nunca había entrado la navaja, por tener su dueño el propósito de ser con el tiempo un sujeto barbudo, conforme á la moda corriente. Doña Isabel, mientras él purificaba sus manos, tirábale de aquellos miserables pelos, diciéndole:
—¡Qué bonito! Pero ¿qué hermosura encontráis en esta suciedad? Por fuerza los espejos de hoy no son como los de mi tiempo, y hacen ver las cosas de otro modo. Pareces un chivo. Si quieres que te quiera, échate abajo ese perejil mal sembrado.
Á todo se mostraba él conforme, y más cuando ella pronunció, con tono de familiar amenaza, estas palabras: