Arias.—(Con intuición.) Tienes cara de contento... ¡Tú posees vil metal!... ¿Á dónde vas ahora?
Miquis.—Á casa del famoso Gobseck. Quiero pagarle un pico esta misma noche.
Arias.—(Lleno de júbilo.) Estás en fondos. Ni llovido, chico, ni llovido me vendrías mejor. Si hicieras el favor de prestarme cuatro duros... Tengo un compromiso.
Miquis.—(Con efusión.) Toma ocho... ¡Cochero, arre!
Eran las nueve y cuarenta.
Pasaron por una tienda de tabacos habanos... «¡Cochero...!» Miquis había pensado que no tenía tabaco, y que el habano es muchísimo mejor que el llamado vulgarmente estanquífero. Aunque no se había acostumbrado á fumar puros sino rara vez, quiso proveerse de todo, y además adquirir tres ó cuatro boquillas, porque en verdad la absorción de la nicotina por los labios y lengua es cosa muy mala. Adelante. Eran las nueve y cincuenta.
—Calle del Rubio, 41.
Subió Alejandro como una exhalación al piso tercero, y bajó al poco rato un tanto desconsolado. El prestamista no estaba. La ilusión del pagar tiene también sus desengaños, como la del recibir, y Miquis se entristeció de no poder abrumar al usurero aquella noche con el bello espectáculo de su solvencia.
Miquis.—Cocherito, á mi casa.
Cochero.—¿Y dónde es su casa de usted?