—De esta tarde no pasa. Verá usted cómo viene.
El perseguidor de lo ideal estaba tristísimo con aquel desvío, pues cuatro días pasaron sin que la Tal dejase ver su lindo rostro. Aventuróse Felipe á preguntar á Cirila, la cual, con mucho misterio, le manifestó su parecer de este modo:
—No me la nombres, Arestótilis... Ahora no vendrá en muchos días. Está en grande... Aquí donde me ves, ni yo misma sé dónde para. ¿Está con el Duque ó con ese condenado?... No lo sé, hijo... Averígualo tú si puedes.
—¿Yo?... que carguen los demonios con ella.
Aquella misma noche, al volver de la calle, dijo el filósofo griego á la sin par Cirila:
—La he visto, señá Cirila. ¡Iba más guapa...! ¡Qué mujer! Le digo á usted que me quedé como un poste. Llevaba un traje todo de seda muy hueco, y un sombrero con largas plumas. La gente se paraba á mirarla. ¿Lo creerá usted?
—¿Pues no lo he de creer?... ¡Anda, anda, si cuando se pone de gala, hay que alquilar balcones!... Y no creas... es de buena pasta; sólo que tiene la cabeza del revés. ¡Si vieras cómo llora cuando habla de tu amo y de lo que tu amo ha hecho por ella! Parte el corazón. Si pudiera ser formal, lo sería, ¿pues qué duda tiene? Sólo que uno la quiere llevar por aquí, otro por allá, y ella no sabe qué hacer... Cuantos la ven, hijo, se enamoran de ella...
—Es una diosa,—murmuró con éxtasis Felipe, acordándose de un verso de El Grande Osuna.