Lo que ellos rieron en todo el camino desde aquel barrio á la calle de Cervantes, no es para contado. Nunca habían visto tipo que al de doña Isabel se asemejara. Debía ser puesta dentro de un fanal en cualquier Museo para que todo el mundo fuera á verla y admirarla. Dijéronle á Miquis:

—Chico, si quieres hacer negocio, no tienes más que enseñar á tu tía á tanto la entrada.

Él se reía, no sin esfuerzo, porque ya la risa, como esos servidores que toman siempre la delantera, se había anticipado á su señor, la vida. Los preparativos del viaje de ésta seguían con actividad. Sensaciones había ya inactivas, y partes desalojadas. Por momentos creeríase que el señor, con todo su séquito de funciones, se echaba fuera desordenada y furiosamente. Por las ventanas de los ojos, las fuerzas vitales parecían medir el salto que habían de dar para emprender la fuga. En algunos aposentos, como el cerebro, tumulto y bulla; en otros, marasmo, silencio... El pulso á veces se dormía, á veces saltaba alborotado tropezando en sí mismo. La sangre, ardiente y espesa, corría por sus angostos cauces buscando salida, deseosa de inundar regiones que por el fuero fisiológico le están vedadas. Su ardor, aumentado por la carrera, difundía el espanto aquí y acullá. Era mal recibida en todas partes, porque no traía nada nutritivo, sino descomposición. Los órganos, desmayados, no querían funcionar más. Unos decían: «¡que me rompo!» Otros: «¡bastante hemos trabajado!» Pero la anarquía, el desbarajuste principal estaban en la parte de los nervios, que ya no reconocían ley, ni se dejaban gobernar de ningún centro, ni hacían caso de nada. Cual desmoralizado ejército, que al saber el abandono de la plaza se niega á combatir y á la crápula y al desorden se entrega, aquellos condenados discurrían ebrios, haciendo como un carnaval de sensaciones. Ya fingían el dolor de cabeza, ya remedaban el traqueteo epiléptico, ya jugaban al histerismo, á la litiasis, á la difteria, á la artritis. Para que su escarnio fuera mayor, hacían hipocresías de salud, difundiendo por toda la casa un bienestar engañoso. Todo era allí jácara, diversión, horrible huelga. Si entraba algún alimento, lo recibían á golpes, con alboroto de dolores y escándalo de náuseas. Siempre que la sangre traía alguna substancia medicamentosa, si era tónica, la arrojaban con desprecio; si era calmante, la cogían y hacían burla y chacota de ella. Todos se confabulaban contra el sueño, que quería entrar. Apenas éste se presentaba, tales empujones recibía, y tales picotazos y pellizcos le daban, que el pobre salía más que de prisa... En el cerebro, las funciones más notables, desoyendo aquel tumulto soez de la sangre y los nervios, se despedían del aposento en una larga y solemne sesión. Quién hacía discursos, quién explanaba proyectos luminosos y vastos. La forma artística se ataviaba de galas vistosísimas; la crítica pedanteaba, y hablando todas de un glorioso más allá, parecían, no en vías de concluir, sino de empezar. La comunicación de esta importante bóveda, llena de armonías y de celestiales ecos, con la oficina laríngea era perfecta, porque el señor había querido que hasta el último instante estuviese expedita, y corrientes los nunca gastados hilos de la palabra...

—Hola, chico.. ¿qué tal? Venga un abrazo.

—Ruiz... ¡cuánto me alegro de verte!

—¿Y qué tal estás hoy?

—Pues así, así. No me encuentro muy mal. La noche fué horrible. Pero hoy parece que esta gran irritación va cesando. Si sigo así, la semana que viene podré marcharme.

—Pero hace aquí un calor horroroso. Esto es un horno. No sé cómo no te ahogas.

El astrónomo, hombre indolentísimo, de temperamento desmedrado, ensayó diversas posturas para sentarse. Era problema más difícil de lo que parecía. Al fin se acomodó en una silla echada hacia atrás, el brazo derecho montado en el respaldo de otra, la pierna izquierda sobre la mesa, formando una tan recortada y angulosa caricatura, que bien se le podría retratar si estuviera quieto y no variase á cada instante, buscando una comodidad que no lograba nunca.

Poco después se puso en mangas de camisa. Se le conocía que acababa de cortarse el pelo, porque tenía el pescuezo y las orejas llenas de trocitos de cabello, y en la cabeza un olor de peluquería barata que daba el quién vive.