En la cocina, Poleró y Ruiz sostenían agria contienda, á la que también aportó sus razones Cienfuegos, que acababa de llegar, poniéndose de parte del catalán.
—No te metas en eso—le dijo el aprendiz de médico.—El pobrecito está tranquilo y lleno de ilusiones. ¡Si él se ha de ir al Limbo, allá con los Santos Inocentes!...
—Se me está usted pareciendo á Montes, que todo lo ve bajo un prisma,—decía Poleró.
—Ante esa singular manera de juzgar los asuntos de conciencia—manifestó el astrónomo con cierta pompa,—yo me lavo las manos. La responsabilidad, la gravísima responsabilidad, es de usted, no mía.
Y un tanto atufado salió al pasillo, volvió á meterse en la cocina y se puso á leer. ¿Qué leía? El cuaderno del tercer acto, que había tomado de la mesa de Alejandro. Á ratos iba por allí don José Ido, á ratos Arias, conforme se relevaban de la guarda y compañía del moribundo.
—¿Qué tal está ahora, amigo Arias?
—Lo mismo... Se ha desvanecido un momento, y parece que duerme.
—Yo no pienso acostarme en toda la noche, porque sabe Dios lo que se podrá ofrecer.
—¿Qué lee usted?
—Un acto de El Grande Osuna. Ya lo conocía; pero veo que hay modificaciones.