—Pero te pones á diez leguas... Más cerca... ¡Qué alegría me da cuando pienso que vamos á estar juntos en el Toboso!... Mañana llega mi madre, y cuando te conozca, me dirá que de dónde he sacado esta alhaja... Toda tu vida me la tienes que consagrar y estar siempre conmigo, hasta que los dos nos caigamos de viejos.

—Eso sí.

—Otras veces, cuando he estado tan malo, he pensado qué sería de tí si yo muriera; ahora que estoy mejorando á pasos de gigante, pienso que los dos hemos de llegar á viejos... Con todo, me parece que hace tiempo que no te he visto, ó que voy á estar mucho tiempo sin verte... no sé por qué. Se me antoja ahora... mira tú qué tontería... se me antoja que vamos á separarnos.

—¡Vaya un desatino!... ¡qué bro...mitas!

—Chico, es que esta noche estoy lleno de manías. ¿Sabes la que me ha entrado ahora? Pues verás. Como mi madre llega mañana y trae dinero, no necesito del que tengo ahora. Se me ha ocurrido darle una parte á Cienfuegos, otra á don José Ido, y lo demás á esa pobre Cirila... ¿Qué opinas?

El reparto de capitales no le parecía bien á Felipe; mas en la situación de congoja en que estaba no quiso contradecir á su amo.

—Me parece muy bien.

—Llámate á Cienfuegos. ¡El pobre...! Quiero darle una sorpresa. Verás qué alegre se pone.

Felipe salió. Deseaba estar un momento fuera para dar expansión á la pena que le ahogaba. Cuando se presentó en la cocina con un puño en cada ojo, los amigos, alarmadísimos, sospecharon un mal suceso.

—Que vaya usted, señor de Cienfuegos,—fué lo único que dijo Felipe.