—Ese es Jacques Pierres que acude á la conjuración de los uscoques. Uscoques son unos bandidos que habitan en las playas del Adriático. Ya sabes que el Adriático es...

—Un mar,—replicaba Felipe, hinchado de erudición.

—Pues supón que aquélla es la casa donde se reúnen misteriosamente los uscoques... ¿Ves aquel cura que pasa? Es Fra Domenico Caracciolo, camaldulense, que ha jurado acabar con el Duque por ciertas cuestiones... ¿Recuerdas el acto primero...?

—Sí... Fué porque los camaldulenses querían oprimir á los pobres, y el Duque cogió un día en Palacio á uno de los tales frailucos, cuando fueron á pedirle dinero... y le tiró de las orejas...

—Era un hombre terrible... En la casa donde están reunidos los uscoques se mete disfrazado don Francisco de Quevedo...

—Yo...

—Y lo descubres todito. Gracias que la Carniola, amante del Duque, previno á éste; que si no... Querían nada menos que asesinarle...

—¡Pillos!...

—La Carniola es también hermosa figura—afirmó el poeta, desvanecido de entusiasmo.—Yo veo aquellos dientes de perlas; aquellos ojos lánguidos, perezosos, traicioneros; aquel perfil de helénica estatua, la tez pálida, el arrogante talle... No concibe la imaginación mujer que la supere ni aun que la iguale. Respira amores; su mirada acaricia quemando...

Diciendo esto, rompió á toser con tanta fuerza, que parecía que se le desgarraba el pecho y que se le salían las entrañas por la boca. Calmado aquel violento espasmo, quedóse como desmayado y sin fuerzas. Su resuello era un áspero silbido; su frente estaba empapada en tibio sudor.