Pero el mal era hondo y la herida grande. Un mes estuvo Alejandro postrado en la cama y devorado al mismo tiempo de tristezas roedoras. En mitad de su enfermedad, adquirió el convencimiento de que su Grande Osuna no se representaría ya en aquella temporada. Á pesar de que ésta avanzaba bastante, él no perdía la esperanza; pero se la quitó una carta del director del teatro, diciéndole en resumen: «La obra es tan buena que necesita mucho estudio, y como nos falta tiempo, la dejamos para la temporada próxima.»

El abatimiento que esto causó al poeta prolongó el tormentoso trabajo de su naturaleza que luchaba por reparar la pérdida sufrida. Sobrevino otra hemorragia, aunque mucho más débil que la primera; pasó el infeliz toda la Semana Santa, la Pascua y muchos días más sin ver cercano el término de su esclavitud y postración. Agravaban su tristeza los airados sermones que por escrito le echaba su padre, sabedor de que no estudiaba y de su vida vagabunda. ¡Y aún ignoraba el buen señor la travesura del dinero de la Godoy!... ¡Pues el día que lo supiese, bueno se iba á poner! Cuando Alejandro pensaba en esto, sentía que se le recargaba la fiebre y aun que se le abrían huecos dolorosísimos en la región toráxica. Persuadido estaba de que su padre conocía ya el delito, porque ciertas frases displicentes y amenazadoras de sus cartas no podían tener otra explicación.

El iluminado manchego se pasaba las lentas y cansadas horas de su enfermedad pensando en la ira de don Pedro y en el grandioso cuanto infortunado drama. Este era la causa de sus males todos; pero también de aquellas resurrecciones súbitas y vigorosas de su espíritu, que compensaban las molestias físicas. Porque el arte, dominando con imperio en su alma, era la fuerza que le alentaba, el resorte de la vida, y el secreto germen de ideas salvadoras. ¡La antiquísima fábula del Ave Fénix qué verdad tan profunda encierra, qué hermoso símbolo es de las formidables fuerzas restauradoras que el alma humana lleva en sí misma, y con las cuales ella propia es su remedio, y de su mal saca su bien, de su caída su elevación, de su dolor su alegría!...

Poco tiempo pasó desde el abatimiento traído por las cuitas teatrales hasta una grande y alborozada transfiguración del ánimo, esclarecido de proyectos hermosos, alumbrado por ideas y visiones optimistas. No importaba que el drama no se hubiese representado. Mejor, mucho mejor era dejarlo para la temporada próxima, porque así podía el autor restablecerlo en el esplendor y grandeza con que fué primeramente escrito. Sí, sí: se representaría íntegro, con sus cinco actos, sus treinta personajes y su ancho horizonte histórico y teatral. Honda alegría de su alma, resurgiendo del seno obscuro de la tristeza de Alejandro, como el día de la noche, le anunciaba los triunfos de la temporada próxima. No podía dudarlo, porque la divinidad lo secreteaba en su espíritu con profética voz. La excitación cerebral, produciendo aquella vez estímulos provechosos en todo el organismo, dióle fuerzas y aun apariencias de restablecimiento. No hay tónico como la felicidad. Levantóse del lecho, y aunque se caía, los bríos del espíritu dábanle alientos para poder exclamar:

—Si estoy bien... Gracias á Dios que me levanto de este maldito potro. Dentro de tres días, á la calle.

Hizo traer del teatro la copia limpia del drama, y empezó á leerlo despacio, cotejándolo con la versión primitiva para ver dónde se amplificaba y dónde no. Quería hacer un trabajo admirable y nunca visto. Por las noches, al acostarse, ponía el manuscrito debajo de la almohada, durmiendo así en familiaridad espiritual con el Duque, Jacques Pierres y la Carniola.

Aumentaron los motivos de su alegría, bienhechora del cuerpo y del alma, ciertos dineros que le mandó su madre. Aunque Alejandro, en sus cartas, disimulaba la enfermedad para no causar alarma en la familia, ésta supo la importancia del mal. Felizmente ya estaba bueno y sano. Así lo decía él, y así se lo creyeron. ¡Pobrecito, había gastado en médicos y medicinas tantísimo dinero...! Su madre, pródiga siempre en estos casos, le envió una bonita libranza. ¡Qué bien venía! Jamás escritura comercial fué tan grata á humanos ojos como aquélla que decía en caracteres de letra inglesa: Por esta primera de cambio, etc..

—Lo primero es pagar—dijo Miquis con honradez candorosa.—Habrá para todo.

¡Cielos! Si no se detiene á tiempo en aquella virtud del pagar, pronto se queda sin un maravedí. La mitad se lo llevó un tal Torquemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba á los estudiantes. Sólo por réditos le comió al manchego la mejor parte de lo que éste había recibido de su mamá... Después vino Cienfuegos... ¡Pobre mártir! ¿Cómo no ayudarle á salir de aquel nuevo apuro?... Socorrido el médico, se fué tan agradecido que casi lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios á los caritativos. Aquel mismo día fué Arias Ortiz á ver á Miquis, y le pagó seiscientos reales que le debía. Gozoso éste, determinó desempeñar alguna ropa, de la que estaba tan necesitado... Al fin, al fin podía salir otra vez á la calle con decencia.

Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con el despierto pensamiento, aguzado como cincel de acero, sin cesar acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la creación artística, ablandándola y conformándola como la cera entre los dedos!