—Precisamente—replicó el pendolista con generoso arranque,—ese es un artículo de que no carecemos nunca. Mi mujer tiene un primo confitero, que nos da el caramelo de desecho, el almíbar que se quema y toda la confitería que se pasa de punto... Al momento.
Fuése, y volvió con un gran paquete de aquellas materias sacarinas que había dicho. De los pedazos de caramelo llenó Alejandro un cucurucho para ponerlo debajo de la almohada, y al instante empezó á chupar. Aunque algo quemados, estaban buenos, y á él le sabían á gloria.
—Pues si tuviera usted un poco de leche, don José...
—Voy á ver... Puede...
Al poco rato, volvió mi hombre con un vasito que contenía un dedo de leche.
—Si se pudiera arreglar el señor con esto...
—Basta: muchas gracias.
Despidióse don José para ir á sus quehaceres, que eran recorrer todo Madrid en busca de colocación, y afanar al mismo tiempo, por los medios que la Providencia le sugiriera, el sustento para el día; tarea cruel, áspera y abrumadora que al pobre hombre le consumía y le resecaba hasta dejarle en los puros huesos. Bien copiando algún escrito, bien apelando á los sentimientos caritativos de los amigos, ó ya felicitando á cualquier prócer con un mensaje ornado de rasgos y primores caligráficos, lograba reunir miserable suma. ¡Pero las necesidades eran tantas...! ¡luego la enfermedad de su señora, el médico, las medicinas...! Francamente, naturalmente, don José Ido del Sagrario dudaba de la Divina Providencia.
Cuando Alejandro se tomó su té, que le supo muy bien, dijo á Felipe:
—Así no podemos estar... Esto es horrible. ¡Vaya un día! Hijito, es preciso que busques algo. Vete á ver á Cienfuegos. Que te dé siquiera dos duros. Si no los tiene, habla con Arias y con Zalamero, y píntale la situación.