—Creo que esta semana se pone en escena la comedia de Federico Ruiz. Me han dicho que es mala adrede.
Y Arias, fuerte en literatura, hablaba de Los Miserables, obra que por tales días cautivaba y embelesaba á tantos lectores. ¡Aquella Cosette!... ¡aquella Fantina!... ¡aquel Juan Valjean!... ¡aquel capítulo la tempestad bajo un cráneo!... ¡aquel polizonte Javert!... ¡aquel capítulo de las cloacas!... ¡aquel Fauchelevant!... ¡aquellas monjas del pequeño Picpus!... ¡aquella frase no hay que confundir las estrellas del cielo con las que imprimen en el fango las patas de los gansos!... ¡aquel Gavroche!... En fin, todo, todo...
Con estas conversaciones, poníase Alejandro excitadísimo y le entraba ardorosa fiebre. ¡Qué mala noche iba á pasar! Más valía que se fueran. Los muchachos, compadecidos de la horrible situación de su amigo, convinieron en hacerle un anticipo. No eran ricos; pero entre todos echaron un guante, dejando sobre la mesa de noche tres duros y dos pesetas.
—Adiós, adiós: á ver si te sacudes.
—Adiós, y gracias. Ya os lo mandaré con Felipe, cuando reciba lo que me enviará mi padre.
Por la escalera abajo, los tres jóvenes hacían comentarios sobre lo que acababan de ver.
—Yo le tengo lástima; pero hay que confesar que es un suicida. Él se ha matado.
—¡Pobre chico!... y lo que es ese no se levanta más. Yo se lo decía: «Mira, que te estás matando.»
—La casa es una perrera. ¿Qué idea le dió de venirse aquí?
—¿Pero tú has visto á Miquis hacer alguna vez cosa derecha y con sentido común?