—Sí, sí—respondía Miquis al punto.—Felipe, dásela.
—Don Felipe, que si hace usted el favor de darme una peseta, que cuando venga papá á la noche se la dará.
—Toma.
—Don Felipe, que si hace el favor de un huevo...
—Toma.
Gran regocijo y distracción tenía el enfermo cuando los dos chicos mayores de Ido y otros de la vecindad entraban en su cuarto, con gorros de papel y cañas al hombro, haciendo maniobras y juegos militares. Si no fuera por el ruido que metían, no les dejaría salir del cuarto en toda la tarde; pero á veces era menester darles algo para que callaran ó para que hicieran sus evoluciones en el pasillo con el menor estrépito posible. Rosa Ido, la que á pedir venía de parte de su mamá, era muy juiciosa, y á ratos les acompañaba contándoles cosas de la vecindad y diabluras que hizo el gato. Su papá había ido á casa del ministro para ver si lo quería colocar; ¡pero quiá! el ministro era un pillo... Decía su papá que iba á venir la gorda, y que él se alegraba, porque eso de que unos coman y otros no, francamente... Algunas tardes iba con su muñeca, que tenía toda la cara comida, y se ocupaba en vestirla y desnudarla con trapos y cintajos, para que Alejandro se riera. La sentaba en una silla, diciéndole con fe: «ahora te quedas aquí, acompañando á este caballero.» Lo mismo hacía con el gato; pero éste no era tan obediente como la muñeca, y se marchaba detrás de su ama. Por Felipe tenía verdadera pasión, y no se separaba de él como pudiese. Á veces atormentábale con preguntas y largas charlatanerías sobre cualquier insulso tema.
—¿Por qué te llaman Doctor?—le dijo un día.—¿Es que eres médico? Pues cúrame el gato, que está malito.
VI
FIN