El mismo Polo salió al recibimiento. ¡Sorpresa! Felipe como un muerto... ¡Con qué ganas se precipitaría por la escalera abajo!

—¡Felipe!... ¿tú por aquí? Pasa, hombre... ¡Jesús! derrotadillo estás...

Estas palabras, dichas con benevolencia, le volvieron el alma al cuerpo.

—Que entres, hombre. Parece que me tienes miedo. ¿Qué es de tu vida?

Don Pedro le llevó á su cuarto. Felipe le miraba, regocijándose de haberle encontrado de buen temple. Daba gracias á Dios de que no estuvieran delante, mientras él hacía su petición, ni la madre ni la hermana del Cura, pues de ambas temía desfavorables informes... ¡Vaya, que estaba aquel día de buenas el león! Para que todo fuera lisonjero, don Pedro le facilitaba la penosa exposición de su cuita, saliéndole al encuentro con esta hidalga y familiar frase:

—Ya, tú estás mal y vienes á que te socorra.

Felipe dió un gran suspiro. Bien comprendía que ninguna palabra sería más elocuente. En pie, la roja boína en la mano, no apartaba los ojos del suelo. El rubor le quemaba el rostro.

—No me coge de nuevas que estés tan mal. Desde que saliste de mi casa no habrás hecho más que vagabundear. Eres un perdido, un pillete de esas calles, y no teniendo ya quien te dé, no encontrando ya en dónde merodear, vienes á que yo te ampare...

Felipe sintió que materialmente se le desprendía la cara y al suelo se le caía. Hizo con ambas manos un movimiento encaminado á evitar esta catástrofe anatómica. Comprendió que era preciso decir algo. El silencio le acusaba.

—No, señor...—murmuró;—yo no soy vago... Estoy sirviendo á un caballero...