Ya era de noche, y Centeno no quería detenerse; pero la obsequiosa finura de aquellos dos caballeros le cautivaba, y también, dígase con franqueza, no dejaba de sentir en su ánimo cierto apetito de libertad, instintivo afán de hacer algo que rompiese la triste y tediosa vida que llevaba. ¿Su esclavitud no tendría algún descanso, y su trabajo el alivio de un ratito de café?... ¡Adelante!

—¡Mozo... café y copas... y un periódico!...

Centeno se recreaba en el fácil uso de su albedrío, en aquel desembarazo que le hacía hombre; y cuando se acordaba de la soledad de su amo, sintiendo, con el recuerdo, asomos de pena, se consolaba mirando el mucho azúcar que sobraba y haciendo propósito de guardarlo todo para el enfermo. Tomaban el café despacio, porque estaba muy caliente, y entre sorbo y sorbo, corría de la boca de Juanito, como del caño de abundosa fuente, un chorro de hipérboles. No tenía Felipe su espíritu muy gozoso; pero desde el malaventurado instante en que llevó á sus labios la copa de ron, sintió que se transformaba y se volvía muy otro de lo que era. El maldito licor picaba como un demonio, producíale llamaradas en todo el cuerpo, y en la cabeza un levantamiento, un tumulto, una insurrección de todas las energías, un motín de ideas, bullanga y trapatiesta extraordinarias... Pero él, impávido, seguía bebiendo para que no le dijeran memo, y, por fin, no quedó nada en la copa.

¿Qué alegría era aquélla que le entraba, qué prurito de moverse, de reir, de alzar la voz, de hacer ruido y dar saltos sobre el asiento cual muñeco que tuviera en cada nalga un bien templado resorte? Juanito y su amigo se reían de verle en tal estado, y le incitaban á seguir bebiendo; pero él, con seguro instinto, se negó á dar un paso más por camino tan peligroso.

Era el tal café de los que llaman cantantes. Á cierta hora un melenudo artista sentóse en la banqueta próxima al piano, y aporreó las teclas de éste. Á su lado, un hombre flaco y pequeño cogió el violín, y rasca que te rasca, se estuvo media hora tocando. El efecto que la música hacía en Felipe era como si se le levantara dentro del alma un remolino de júbilo, el cual corriera haciendo giros, con delicioso vértigo, desde lo más bajo del pecho á lo más alto de la cabeza. Pues digo... cuando cesó el del violín y subió á la tarima una tarasca que cantaba romanzas de zarzuela y jotas y fandangos... Felipe, entusiasmado, no cesaba de dar palmadas, y á la conclusión de cada estrofa le faltaban pies y manos para hacer sobre la mesa y en el suelo toda la bulla que podía. Juanito, con más calma, tenía fijos sus ojos en la cantatriz, y admiraba sus dejos, sus gorjeos, sus ayes picantes y todo lo demás que salía por aquella salada boca. Él no decía más sino ¡qué boca, qué boca!... ¡Y con qué entusiasmo la contemplaba!... Se la doraría.

Otros efectos, á más de la inquietud y el gozo, produjeron en el alma de Felipe aquellos dos agentes: alcohol y música. Fueron la pérdida de toda noción del tiempo transcurrido y unos arranques de generosidad que habían de serle muy nocivos. Viendo que Juanito se registraba sus bolsillos sin lograr sacar de ellos cosa de provecho, Felipe se llenó de punto y de vanidad caballeresca, sacó sus siete pesetas y las desparramó sobre la mesa con gallardo movimiento.

—Yo pago, yo pago...—gritó con cierto frenesí.

Parte del dinero cayó al suelo. Mientras el amigo de Juanito lo recogía, Felipe, atento sólo á batir palmas en celebración de la cantatriz, llegó á perder hasta el verdadero conocimiento del sitio en que estaba. Veía diferentes personas á su lado y delante; mas no se hizo cargo de nada. Por un momento creyó distinguir en una de las mesas próximas un semblante conocido, mujer hermosa, rodeada de hombres: asaltóle sobre esto un pensamiento, hizo una observación; pero imagen, ideas, apreciaciones, todo se desvaneció en su mente, dejándole otra vez en su aturdimiento deleitoso. No vió al mozo que cobraba y devolvía cuartos, ni supo él lo que de sus propios bolsillos había salido, ni lo que á ellos restituyera.

Tampoco supo cómo y cuándo salió del café, ni dónde se separaron de él sus amigos... Oyó la campana del reloj de la Puerta del Sol. Atento y como volviendo en sí, con la facultad de apreciar el tiempo, contó las once... ¡las once! Llevóse la mano con ardiente ansiedad al bolsillo... Nada: bolsillo más limpio no se había visto nunca. En rápido giro pasaron por su mente todos los sucesos de aquel día... ¡Don Pedro, las siete pesetas; don Florencio, los hojaldres!... ¿Y dónde estaban los hojaldres? Como se recuerda una pesadilla, con indistintos contornos y matices, recordó Centeno la descomunal boca del amigo de Juanito abriéndose de par en par para comerse los hojaldres... Y el dinero, ¿qué vuelta había tomado?... Y su amo, ¿qué pensaría de la tardanza? ¿Qué le habría pasado en aquel largo día de soledad y escasez?...

Recobró Felipe sus facultades instantáneamente. Entraron como de golpe y con tumultuosa sorpresa, cuál guerreros que acometen airados el puesto de que les expulsó la perfidia. De todo lo que entró en el cerebro del hijo de Socartes, lo primero y lo que más ruido hizo fué la vergüenza... Esta era tan fuerte y le dominaba tanto, que no sabía si apresurar ó detener su vuelta á la casa. ¿Qué le diría don Alejandro? ¿Qué diría él para disculparse?