Felipe.—(Con autoridad.) Se dice caballerizo y no cabrerizo.

Rosa.—Qué más da... Bien dice papá que tú tienes talento... Pues sí, vino la Tal. Entró hecha una farotona, y me dijo: «chiquilla, vete.» ¿Habráse visto...? Yo me salí; pero me quedé en la puerta para pescar algo... Á don Alejandro, cuando la vió, se le pusieron los ojos más relumbrones... ¡Ella no se acercó á la cama; se puso alejos... ¿te enteras?... y le miraba con una lástima...! ¿Cómo le dijo? No me acuerdo. Ello fué una cosa mu tierna, mu tierna. ¿Sabes lo que dice mamá? Que esa mujerona es quien ha matado á tu amo... Dimpués que hablaron dale que te pego, contó ella que te había visto con una gran turca en el café...

Felipe.—(Avergonzado.) Es mentira... Si la cojo...

Rosa.—Aguarda. Los dos se rieron, y aluego hablaron de otra cosa. ¡Qué ojos tiene tan rebonitos! Don Alejandro la miraba como un bobo, y parecía que se ponía bueno. Se sentó en la cama. Ella se prosimó entonces y le dió la mano. Dimpués sacó ella pesetas y las puso en la mesa de noche. Dice mamá que esa mujer le ha sacado mucho dinero á tu amo, y que ahora es un bochorno para él que ella le dé limosna.

Felipe.—¡Quita allá!... ¿qué le ha de dar...? Será casualidad...

Rosa.—(Bajando la voz.) ¿Sabes lo que dice mamá? Que Cirila es una ladrona, y que está vendiendo la ropa de tu amo. Yo estoy volada. Me dan ganas de decirle: «so tía...» Es que tengo yo un genio... ¡Conmigo no jugaba esa tiburona! Si yo fuera tú, la ponía en la calle... así... clarito, y le decía: «señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?» Dice papá que tu amo es un santo y que sabe hacer funciones del teatro, y que ganará mucho dinero; pero que antes se ha de morir... que no llega al mes que viene...

Felipe.—(Dando un suspiro.) Cállate, mujer.

V

Otra vez la conversación recaía sobre el gato. Estaba enfermo, y doña Rosa Ido inconsolable. Felipe se brindó con gravedad facultativa á asistirle; le tomó el pulso, le auscultó, le examinó, pronunciando hinchadas frases de hipocrático sentido, como: «Este señor es muy aprensivo... ¿ha comido este señor algo más de lo que tiene por costumbre?... Hay fiebre... Esperaremos la remisión de la mañana... Debe de ser cosa del parénquima... ¿sabes tú lo que es el parénquima?... Pues es donde están los tubérculos, unas cosas muy malas, muy malas.»

—¿Y qué le damos para esos tabernáculos?—preguntó Rosa consternada, teniendo sobre su regazo al animal paciente, tieso y al parecer espirante.