De buena gana le mandaría Felipe que se callara, porque sabía el daño que le causaba tanta charla; ¿pero por qué privarle de aquel gusto, si el silencio no le había de dar la vida? Centeno le oía con gusto, y aun le daba cuerda para que desahogase su alma, llena de tantísima idea y atestada de riquezas morales.
—Porque en ese drama—decía el enfermo acentuando con brioso gesto la palabra,—voy á presentar una idea nueva, una idea que no se ha llevado nunca al teatro: la idea religiosa... Mira, Aristóteles, si supiera que no había de poder escribir esa obra, créelo, del disgusto me moriría...
—Este verano—dijo Centeno,—cuando vayamos á la Mancha, yo me dedicaré á la caza y usted á escribir su obra. Me parece que ya estoy... ¡pim!... matando conejos, y usted, ¡pim!... echando escenas y más escenas...
—Poco á poco... yo también necesito de saludable ejercicio... Podemos cazar todo lo que queramos durante el día, y andar por el campo. Siempre me queda libre la noche. Yo lo mismo trabajo de noche que de día: me es igual. De aquí llevaré compuestas algunas escenas, las de la exposición... Mañana, lo primero que has de hacer es traerme papel, que no tengo, y tinta, pues la que hay aquí es como agua. No te olvides.
—No me olvidaré... La semana que entra puede ponerse á trabajar. Ganitas tengo ya de ver ese drama... ¡Pero quiá! No será mejor que el Osuna. ¡Otro como ese!...
Siguió el manchego perorando hasta muy tarde. Acometióle por fin la tos y luego la congoja con tanta fuerza, que hubieron de administrarle calmantes muy enérgicos para hacerle descansar. Pero con tanto padecer no se abatía su ánimo; antes bien, salía de aquella crisis más vanaglorioso y atrevido. Generalmente hablaba más, echando á volar por las alturas su imaginación, cuando estaba solo con Felipe.
—Aristóteles.
—¿Qué?
—Dí algo, hombre. ¿Qué haces?
—Buscando estas condenadas papeletas de empeños, que no sé qué vuelta han llevado. Verdad que como no tenemos dinero para sacar tanta cosa...