Allá lejos, hacia Vitoria, entre las columnas de infantería que se acercaban con el mayor orden posible, viose una multitud de jinetes. Brillaban en alto los sables, y los veloces caballos avanzaban con rapidez extraordinaria. Ya no quedaba más recurso que huir abandonándolo todo. ¡Horrible determinación! Viose a los artilleros desenganchar los atalajes; viose a los carreteros disponiéndose a salvar sus caballerías. Las cureñas y cajas, los furgones y las ambulancias, los coches y carromatos quedaron en un instante libres de correajes y cuerdas. Todo lo que tenía pies se puso en marcha. Aquello era un río de gente y caballos, atropellándose en violenta confusión a la desbandada. Ciento cincuenta cañones, doscientos carros de municiones y los innumerables equipajes y vehículos particulares quedaron abandonados. Sobre un solo caballo se enracimaban hombres y mujeres, empujándose para descargar el peso de aquellas tablas de salvación. El que lograba apoderarse de un caballo, defendía la grupa a puñetazos y a tiros. No había prójimo: reinaba el egoísmo en su brutalidad instintiva, y se luchaba por el caballo como en naufragios por el bote. El que caía, caía.
Apartados del camino, junto a un montón de cajas y bagajes, se encontraban tres personas que ya conocemos.
—No, no puede usted huir —decía la dama deteniéndole enérgicamente al joven y haciendo violenta presa en sus dos brazos—. ¡Qué felonía! ¡Dejarme sola!... ¡Mi pobre marido no podrá defenderme!... ¡Oh!, llora como una mujer y se arrastra por el suelo, pidiendo a Dios misericordia, sin poner nada de su parte para conjurar este gran peligro.
—¡Señora, señora!... ¡Los ingleses! ¡Los guerrilleros!
—Sí..., ya los veo... Es preciso huir... Pero ¿cómo? No hay un solo caballo.
—Corramos en busca del mío —exclamó el joven—. Lo rescataré a sablazos... Aún es tiempo.
—No... Mi esposo no puede moverse... ¿A dónde va usted?... Me quedo sola, Virgen de las Angustias, enteramente sola... Quédese usted, por Dios...
—Mi uniforme de jurado me pierde. No viviré ni un segundo después que me vean.
Con febril presteza, e iluminada por idea súbita, abalanzose la dama hacia el joven: arrojó en tierra el sombrero de este, desabotonó su levita con dedos más ligeros que el pensamiento, arrancó el uniforme como si fuera un pañuelo puesto sobre los hombros, arrancó el tahalí, la gola, el cinturón, la cartera, y en un instante no quedó sobre el cuerpo del infeliz renegado ni una sola prenda que indicara su filiación. Él la ayudaba con igual rapidez. Las cuatro manos trabajaban en el desnudar y en el vestir cual si fueran cuarenta, y sin descansar arrojaban en tierra las prendas quitadas, sacando otras de los cofres para cubrir el transformado cuerpo; ataban las cintas, prendían los botones, abrían un hoyo en el suelo para sepultar las nefandas insignias, y lo cubrían con tierra. Las cuatro manos realizaron su obra en pocos minutos, y el renegado desapareció, dejando en su lugar a un joven que podía pasar por oidor en la sala de Mil y Quinientas. Luego las mismas cuatro manos trataron de levantar del suelo al infeliz Urbanito, que ya se creía comido por los ingleses.