—Señoras —dijo acercándose con timidez a las que tomaban el tiento al tonelete de la cantina—, si tienen ustedes corazón, si son ustedes mujeres, y tienen hijos, padres, esposo, denme un poco de agua para unos pobrecitos que se mueren de sed allí donde están los arcones grandes.
—Miren la pazpuerca —gritó una de las del grupo, que era tabernera en el barrio de Villasuso en Vitoria—. Teniendo, como tendrá, todo lo que ha robado, viene a pedirnos limosna.
—Yo no he robado nada, señora —repuso la dolorida envolviéndose en el chal con todo el empeño que el pudor y el fresco de la noche exigían de consuno—. A mí sí que me han quitado cuantas alhajas y dinero tenía; pero no me quejo, ni acuso a nadie.
—Ladrón que roba a ladrón...
—Por una casualidad nos hemos encontrado mi marido, mi hermano y yo en este funesto lance —prosiguió la dama—, porque ninguno de los tres somos ni hemos sido jamás afrancesados. Españoles rancios somos los tres; íbamos a Francia (a donde mi marido llevaba una comunicación secreta de la Regencia para el rey Fernando), y quiso nuestra infeliz suerte que nos juntásemos aquí con el malhadado convoy que ayer pereció... y nos tomaron por familia de empleados traidores... Pero no he sido yo tampoco de las peor tratadas (porque al punto me conocieron los oficiales ingleses, muchos de los cuales han frecuentado mi casa en Madrid), y he podido conservar alguna ropa... Otras pobrecitas señoras están allí envueltas en una sábana. ¿No les da a ustedes lástima? ¿No me favorecerán con un poco de agua, y si es posible un poco de comida para mi esposo, secretario del Virrey del Perú, y para mi hermano, el veedor que era en Zaragoza cuando la célebre defensa?
Las tres alavesas se miraron como consultándose sobre lo que habían de hacer.
—La verdad es —dijo una con ínfulas de autoridad sobre las otras— que si no miente la señora en lo que ha dicho y hubo casualidad, bien se le puede dar lo que pide.
—¿La vamos a creer por lo que diga? —indicó otra.
—No pido más que agua, señoras caritativas; agua por amor de Dios.
—Él la ampare.