—Olvidadas están, señor cura; pero me parece que nada puedo hacer por ustedes. ¿Quién es el compañero?
—Allí lo tienes junto al pozo, don Fernando Garrote, el primer caballero de toda la comarca.
—Le hubiera conocido —dijo Monsalud observándole— nada más que por la semejanza que tiene con su hijo Carlos.
Y acercándose a Navarro, que en aquel instante disputaba con el francés, tomó nuestro joven una expresioncilla bastante insolente, y habló de este modo al infeliz anciano:
—Señor don Fernando, aquí dicen que vaya usted a menear el fuelle, y yo creo que este honroso oficio nadie puede desempeñarlo mejor que un señor de la llave dorada.
Miró Garrote al atrevido soldado con tanta ira, que los ojos parecían saltársele del casco.
—Mozuelo sin honor ni vergüenza —exclamó con dignidad y altanería—, ¿piensas que un hombre como yo ha venido aquí para oír tus necedades, ni menos para obedecerte? Estos miserables exterminarán a la gente honrada; pero no la deshonrarán.
—¡Al fuelle! ¡Al fuelle! —gritaron varias voces, y con más fuerza que ninguna la del mozo que hasta entonces había movido sin descanso la enfadosa máquina.
—¡Soplad vosotros, canallas! —gritó Navarro, echando inmediatamente mano al lugar donde debía estar el puño de la espada.
—No hay que apurarse por tan poca cosa —dijo de improviso el cura levantándose del suelo y acudiendo oficiosamente al lugar de la disputa—. Si es preciso que alguien sople, yo soplaré, que lo haré muy bien, caballeritos, y bueno es un poco de ejercicio a estas horas.