—No aprende nunca. Veremos qué tal efecto produce la amonestación de esta tarde. Observe puntualmente la Constitución; sea amigo del pueblo; ame la libertad como la amamos todos, y entonces no habrá más que aclamaciones y flores... ¿Pero estuvo usted anoche en Malta?

—Yo no voy a ese manicomio.

—¿Y en La Fontana? Dicen que van a cerrar los cafés patrióticos.

—Harán bien.

—Bien sé que usted, al hablar de este modo, lo hace por espíritu de oposición, y que dice lo contrario de lo que piensa. Es particular que le parezcan a usted detestables esas sociedades tan propias de un pueblo libre, y que se le antojen majaderos y charlatanes los hombres eminentes que en ellas derraman el fructífero rocío de la palabra constitucional. Si no conociese el gran entendimiento de usted...

El joven siguió escribiendo sin atender a las palabras del dómine. Pasó un rato, durante el cual uno y otro callaron. Después, Monsalud rompió por segunda vez el papel escrito y empezó otro.

—Vamos, que está durilla esa oración primera de activa. Ya van dos pliegos rotos.

—Antes me dejaré matar —dijo Monsalud en un arranque espontáneo— que contribuir a este desorden y figurar en una Sociedad que es un hormiguero de intrigantes, una agencia de destinos, un centro de corrupción o infames compadrazgos, una hermandad de pedigüeños...

—¡Ah, ya veo, ya comprendo de quién habla usted! —exclamó Sarmiento, soltando rápidamente la escoba y sentándose frente a su amigo—. Esos intrigantes, esos compadres, esos pedigüeños, esos hermanos son los masones. Bien, muy bien dicho: todas esas picardías las he dicho yo antes que usted y las repito a quien quiera oírlas. El Grande Oriente perderá a España, perderá a la libertad, por su poco democratismo, sus transacciones con la corte, su repugnancia a las reformas violentas y prontas, su templanza ridícula, su orgullo, su justo medio, su doceañismo fanático, su estancamiento en las pestíferas lagunas de lo pasado, su repulsión a todo lo que sea marchar hacia adelante, siempre adelante por la senda constitucional. O hay progreso, o no lo hay. Si lo hay, si se admite, fuerza es que demos un paso cada día, que a cada hora desbaratemos una antigualla para construir una novedad, que a cada instante discurramos el modo de dar al pueblo una nueva dosis de principios, y que no se aparte de nuestra mente la idea de que hoy hemos de ser más liberales que ayer, y mañana más que hoy... Pero ¿se ríe usted?

—No, no me río. Oigo al señor don Patricio con muchísimo gusto.