—Amigo mío —dijo Sarmiento con gravedad—. No es cosa de risa una sociedad donde se jura morir defendiendo a la patria, y donde se cumple lo que se jura.

—Eso es lo que no se ha probado todavía.

—Yo se lo probaré a usted; se lo probaré —exclamó vivamente don Patricio, apoyándose en la escoba como un centinela en el fusil.

—Si usted me hiciera el favor... —indicó sonriendo Monsalud.

—¿De probárselo?

—No; de callarse. Un momento nada más, queridísimo amigo mío.

—Si no digo una palabra... Escriba usted —indicó el maestro recomenzando su interrumpida tarea—. Voy a purificar mi escuela, a barrer, digámoslo así, mientras usted escribe la carta. ¿Quiere usted que se la dicte?

—No, gracias. El asunto es delicado; pero a la tercera ha de salir.

Y, en efecto, salió.

III