—¿Lo ven ustedes? Mi idea... es idea mía.
—Y a cerrar las sociedades patrióticas.
—Esa no es idea mía. La rechazo. Por el contrario, señor don Salvador, doña Fermina, yo abriría en cada calle dos por lo menos, dos cafés patrióticos, y los subvencionaría con fondos del estado, para que se propagase la idea constitucional. ¿Qué le parece al señor don Salvador mi idea?
—Excelente —respondió el joven, ocupado a la sazón en hojear varios libros que sobre la mesa de la habitación había.
—Ya que está aquí el señor don Patricio —dijo doña Fermina después de hablar un rato con la criada— no se irá sin tomar chocolate. Y lo mismo digo a usted, Lucas.
Sarmiento, que, dicho sea en honor de la verdad histórica, no había ido a otra cosa, respondió de este modo:
—No se moleste la señora... Siento haber venido; pero si se ha de enojar usted con nuestra negativa, aceptamos... Madre e hijos son tan amables, que, la verdad, cuando uno entra en esta casa, no encuentra la puerta para salir.
—Gracias, señor don Patricio.
—¿Saben ustedes —dijo con aire misterioso Lucas— que esta tarde vi en la plaza de Palacio al vecino del cuarto segundo? Estaba hablando con un guardia.
—¿Pero no saben ustedes lo mejor? —indicó Sarmiento, padre—. Pues ya me olvidaba... Que tengo nuevos datos para juzgar de las opiniones políticas del señor Gil de la Cuadra.