Pocos momentos después entraba Solita, con semblante pálido y consternado, sin aliento, encendidos de llorar los ojos.
—¡Mi padre está enfermo! —exclamó dirigiendo a todos una mirada suplicante.
—Iremos a buscar un médico —dijo don Patricio con oficiosidad—. ¡Lucas!... Corre al momento.
—No es preciso médico —dijo Solita, deteniendo a los Sarmientos con un expresivo ademán.
—Yo entiendo algo de medicina...
—No necesitamos cosa alguna —añadió la joven mirando a doña Fermina—. Lo que tiene mi padre es muy singular.
—¿Congestión cerebral, ataque de gota, síncope, jaqueca?...
—Mi padre está enfermo del ánimo —dijo tristemente Soledad—. No quiere médicos ni medicinas: lo que quiere es hablar con el señor Monsalud, y por eso vengo a rogarle que pase ahora mismo a casa.
Asombráronse todos de ver enfermedad que se aliviaba hablando.
—También puede que tenga algo que revelarme a mí —dijo Sarmiento dando algunos pasos—. Voy allá corriendo.