—Dispénseme usted si me he tomado la libertad de hacerle subir, para confiarle un asunto grave. Sepa usted que yo soy muy desgraciado, el más desgraciado de los hombres... Necesito el amparo de un ser generoso, de un buen amigo, de una persona discreta y al mismo tiempo poderosa.
—Yo no puedo ni valgo nada —replicó Salvador—; pero lo que de mis escasas facultades dependa, está a disposición de usted.
—Revelaré todo y decidiremos —dijo Gil de la Cuadra con esforzada voz—. Mi estado nervioso, la furia y exaltación de mi cerebro son tales esta noche, que creo moriré si no tomo una determinación salvadora... ¿Quiere usted que le hable con toda franqueza? Pues, amigo mío, yo soy muy cobarde.
Después de esta declaración, Monsalud creyó que el señor Gil iba a poner en su conocimiento cualquier contrariedad insignificante.
—Muy cobarde —añadió el extraño enfermo—. Verdad es que lo que me pasa es gravísimo. Si no tuviera una hija a quien adoro, a estas horas, señor Monsalud, ya me habría dado muerte. En un momento de exaltación, casi llegué a olvidarme de mi pobre Solita, y abrí esa ventana para arrojarme a la calle. Vivir así, no es vivir.
—Dígame usted con calma lo que tanto le mortifica, y resolveremos.
—Ante todo, debo recordarle a usted una deuda que conmigo tiene —indicó el taciturno fijando en su amigo los ojos con expresión patética—. Mi esposa, que en gloria esté, y yo le salvamos a usted la vida en aquellos aciagos días de junio de 1813, que no puedo recordar sin espanto.
—Tampoco yo —dijo Monsalud palideciendo.
—Le salvamos a usted la vida —añadió Gil de la Cuadra complaciéndose en esta idea fundamental de su argumentación—. Después de ocultar a usted diferentes veces, yo autoricé a mi esposa para que, cediendo todas sus alhajas, que eran gran parte de nuestra fortuna, le rescatara a usted del poder de aquellos malvados guerrilleros que querían sacrificarle.
—¡Es cierto! —murmuró Salvador con voz grave.