Protestas, amenazas, y tal cual palabreja puramente española, que no fue conocida de Salomón ni de Hiram-Abí, ahogaron la voz del orador. El tumulto fue tan grande como cuando en el templo de Salomón se dispuso que la multitud prorrumpiese en gritos para que la palabra Jehová, pronunciada por el Gran Maestro, no llegase a oídos profanos. Del mismo modo los martillazos de Campos-Cicerón no llegaban a profanas orejas. Por último, entre Canencia y el Venerable lograron restablecer el orden.

—Esto no se puede tolerar —gritó un compañero—. Si el hermano Aristogitón quiere abogar por los absolutistas, que tanto nos han perseguido; si es absolutista él mismo, dígalo de una vez, sin necesidad de insultarnos, ni de manchar tan audazmente la honra inmaculada de esta santa Sociedad.

—Hermano Arístides, o mejor Pipaón, pues no puedo acostumbrarme a prescindir de los nombres verdaderos —dijo Salvador, sin perder ni un instante su serenidad—: tú que has cantado en todos los corrales y has venido aquí mandado por los absolutistas, para referirles lo que hacemos, debes callar para no exponerte a que se descubra bajo la piel de ese ridículo celo, la verdadera oreja asnal de tu conciencia negra.

—Que se burilen, que se escriban ahora mismo esos insultos —gritó Pipaón fuera de sí—. Hermano Venerable, pido que el Oriente formule ahora mismo el acta de acusación contra el hermano Aristogitón, y que pase a la Cámara de Justicia.

—¿Para qué se ha de escribir lo que he dicho? —añadió Monsalud—. Mejor es que lo repita, y lo repetiré cuantas veces queráis.

—¡Orden, orden!

Cicerón rompía la mesa a martillazos.

—¡Fuera, fuera!

—Hermanos queridos —dijo el Venerable haciendo un esfuerzo para que su sonora voz fuese oída—. Tengamos calma. Ruego al orador tenga presente que estamos en un templo, en el santo templo abierto a las luces, a la honradez pura, a la filosofía pura, a los nobles sentimientos filantrópicos de la humanidad toda, sin distinción de clases, iglesias, castas ni estados...

—¡Bien, muy bien!