—Te he dicho que no necesito nada —repitió Salvador deteniéndose ante ella, después de dar varios pasos por la habitación.
Un instante después Monsalud se hallaba solo consigo mismo. Midió la pieza de largo a largo varias veces con agitado paseo; sentose luego, y apoyando los codos en la mesa, puso la cabeza entre las manos, como si necesitara aquella de estos dos puntales para no caerse del busto. Al cabo de un rato de dolorosa meditación sobre su desaire, la voluntad, o mejor dicho, la misteriosa fuerza reparadora que en el orden físico poseemos, empezó a trabajar dentro de él. Trataba de consolarse, imaginando razones positivistas que atenuaran el desconsuelo total de su alma, curando además la profunda herida abierta en su amor propio. Pero en estos casos de sensibilidad hondamente excitada, las razones positivistas, por ingeniosas que sean y aunque emanen de la dialéctica más segura, son como los medicamentos que el criterio vulgar llama paños calientes, que o no hacen nada o exacerban el mal.
El dolorido razonaba admirablemente, y mientras mejor razonaba, argumentando contra su propio dolor, más crecía este, con más fuerza hincaba su agudo diente, más avivaba sus inextinguibles ascuas. Una lógica incontrovertible demostraba que habría sido gran error contraer matrimonio con Andrea: en el carácter de la americana había un germen maléfico cuyas consecuencias érale fácil prever a la razón fría. Pero armas tan sutiles no eran poderosas contra la sensibilidad inflamada. Calmada esta, consideraba Monsalud con elevación el mal que padecía, generalizando sus desgracias y sometiendo todas las ocurrencias desdichadas de su vida a una ley fatal, que presidía sus tristes destinos, como las estrellas de la antigua nigromancia.
—Otra equivocación —decía—, otra caída, otro desengaño. Todo aquello en que pongo los ojos se vuelve negro. Si mi corazón se apasiona por algo, persona o idea, la persona se corrompe y la idea se envilece. Conspiro y todo sale mal. Deseo la guerra y hay paz. Deseo la paz y hay guerra. Trabajo por la libertad y mis manos contribuyen a modelar este horrible monstruo. Quiero ser como los demás y no puedo. En todas partes soy una excepción. Otros viven y son amados; yo no vivo ni soy amado, ni hallo fuente alguna donde saciar la sed que me devora. ¿Amigos? Ninguno me satisface. ¿Artes? Las siento en mí; pero no tengo educación para practicarlas. ¿Amor? Siempre que me acerco a él y lo toco, me quemo. ¿Religión? Los volterianos me la han quitado sin ponerme en su lugar más que ideas vagas... Dios mío, ¿por qué estoy yo tan lleno, y todo tan vacío en derredor de mí? ¿En dónde arrojaré este gran peso que llevo encima y dentro de mi alma? Voy tocando a todas las puertas, y en todas me dicen: «Aquí no es, hermano; siga usted adelante.» Voy siempre adelante. Algún ser existe, sin duda, que está sentado junto a su casa, esperándome con ansiedad; pero yo paso y vuelvo a pasar, subo y bajo, entro y salgo con mi carga a cuestas, y no doy jamás con la puerta de mi semejante. Voy aburrido y desesperado; ando sin cesar. «¿Será aquel?», me pregunto. Creo haber acertado, y una brutal mano me lanza al camino diciendo: «Sigue adelante, que aquí no es...» «Aquí no es, aquí no es, aquí no es.» En toda mi vida no oiré sino estas desesperantes palabras. «Aquí no es», me dijo Jenara. «Aquí no es», me dijo el partido jurado. «Aquí no es», me dijo la emigración. «Aquí no es», me dijo la patria. «Aquí no es», me dijeron las logias del año 19. «Aquí no es», me han dicho los liberales de ahora. «Aquí no es», me acaba de decir Andrea. No es en ninguna parte, y yo moriré de cansancio y fastidio en medio del camino. ¡Maldita sea la hora en que nací! Hijo soy del crimen, y la expiación de él tomó carne y vida en mi persona miserable... ¿Por qué soy tan distinto de los demás, que en ninguna parte encajo? ¿Por qué ningún hueco social cuadra a mi forma? Mejor es desbaratarse y morir, ¡Dios mío!, que estar siempre de más...
Al concluir esta serie de razonamientos que brotaban en su cerebro como chispas de un hierro candente herido en la fragua por el martillo, dio repetidos golpes con la frente en la dura tabla de la mesa.
¡Pobre hombre! La verdad es que teniendo los medios vulgares para ser feliz, no podía serlo, sin duda por repugnar a su naturaleza los vulgares medios. Pero se equivocaba al echar la culpa de sus contrariedades al destino, a las estrellas, a una crueldad sistemática de la Providencia, como es frecuente en los que razonan poco: las causas de su constante desaliento y de sus caídas teníalas dentro de sí mismo, y se atormentaba constantemente, en virtud de una poderosa fuerza crítica, compañera de todos sus actos. Sin quererlo, su mente le presentaba con claridad suma todas las abominaciones y fealdades de los hombres y de la vida, exagerándolas quizás, pero sin perder ninguna. Por eso cuando el natural orden de compensaciones que preside a la existencia le conducía a una situación lisonjera y optimista, el amor, por ejemplo, se abrazaba a ella con la desesperación del náufrago; y despertando todas las fuerzas de su ser, las dirigía al caro objeto; se apasionaba y exaltaba tanto, como si toda la vida debiera condensarse en una semana, y el universo entero en las sensaciones y los espectáculos de un día. Cuando el desengaño llegaba, natural invierno que con orden incontrovertible sigue al verano de la pasión y del entusiasmo, le sorprendía a tanta altura que sus caídas eran desastrosas. Otros caen de una silla y apenas se hacen daño. Él, que siempre se encaramaba a las más altas torres, quedaba como muerto.
Otra causa le hacía infeliz: la desproporción inmensa entre sus condiciones sociales o de nacimiento, y la superioridad ingénita de su inteligencia y de su fantasía. La fantasía le incitaba a todas horas con vivaces estímulos: era como un aguijón constante que intentara hacer correr a quien carece de pies. Considerad una inspiración ardiente sin medios de manifestarse, semejante a la curiosidad óptica del ciego; una inspiración que daba el fuego sin combustible, el agua sin vaso, la idea sin la palabra, sin la línea, sin la nota; considerad un alto ingenio que no sabe más que leer y escribir en una época en que el arte tiene que ser letrado, porque han desaparecido los bardos y los trovadores de camino, y comprenderéis cómo pesa sobre un alma la fantasía cuando la falta de educación la ha privado de sus sentidos propios. Es verbo inencarnado que lucha en las tinieblas con horrendo torbellino, queriendo ser forma y sin satisfacer jamás su anhelo doloroso.
Salvador tenía pasión por la música. Al establecerse en Madrid el año 18, creía en su candor (pues su alma era en el fondo excesivamente candorosa) que aquel arte estaba al alcance de todo el mundo. Ignoraba las inmensas dificultades técnicas, jamás vencidas después de la infancia, que caracterizan el arte más amable y más profundamente patético en la vaguedad soñadora de su expresión. Con estas ideas, Monsalud compró un piano. Creía que en el clave todo es, como vulgarmente se dice, coser y cantar. El desengaño vino al instante, y el pobre joven se encorvaba con desesperación sobre el ingrato instrumento, y sus dedos de hierro herían las teclas sin poder hacerles hablar más que un lenguaje discorde y estrepitoso. Al mismo tiempo trataba de explorar el mundo de aritmética y de armonía comprendido en las cinco rayas de la cábala musical, y su mente caía rendida ante un trabajo que exige paciencia sin fin y árida práctica. Un día le sobrevino un arranque de ira durante los estudios musicales, que asemejaban su casa a un conservatorio de locos, y tomando un martillo, dijo a las teclas:
—¿No queréis responderme? Pues tocad ahora.
Y las despedazó. La caja no tuvo mejor suerte, y una vez vacía, la llenó de legajos. El clave sufrió la suerte de los hombres que a cierta edad se vacían de ilusiones y se llenan de positivismo.