—Subiré a decirle que no salga esta tarde.
—Aguarde usted, don Salvador. Si no va usted más que a eso, le mandaré un recado con Lucas. Quédese usted aquí. Vámonos a la esquina a ver pasar la gente y hablaremos un rato. ¿Qué me dice usted de estas cosas?
—¿Pero no tiene usted escuela?
—He soltado al infantil rebaño. Si no lo hiciera me alborotaría la escuela, y mis lecciones se perderían en la algazara como semilla que se arroja al viento. Es preciso transigir un poco con la inquietud bulliciosa y la precocidad patriótica de estos chiquillos que han de ser ciudadanos. De esta manera les voy educando sin tiranías, y mansamente les inculco sus deberes, y les preparo para que ejerzan la soberanía en los venideros años venturosos, en los cuales nuestra nación se ha de empingorotar por encima de todas las naciones.
El amigo y vecino de nuestro excelente don Patricio sonrió.
—No crea usted —continuó el maestro— que imitaré la conducta de ese pedante insoportable, émulo y antagonista mío, el maestro Naranjo, de la calle de las Veneras, el cual, cada vez que hay bullanga, revista de milicianos, otra cualquier función vistosa, encierra a los chicos y no les permite ver, ni que regocijen sus tiernas almas con las emociones de la cosa pública. Pero bien sabe usted que Naranjo es un poco y un mucho servilón, hombre forrado en oscurantismo y encuadernado en intolerancia, amigo de los enemigos de la Constitución, indiferente en efigie, pero absolutista en esencia, con vislumbres de persa vergonzante y amagos de realista monacal. ¿Qué ha de hacer con los pobres chicos un hombre de estas cualidades? Tiranizarles, ennegrecer su espíritu, imbuirles ideas despóticas, educarles en el desprecio de la Constitución y en el amor al servilismo. ¡Desgraciada nación la nuestra, si prevalecieran en ella los alumnos de Naranjo! Vea usted, señor don Salvador, una cosa de que el ministerio debiera ocuparse sin levantar mano: extirpar esas infames cátedras, suprimiendo todos los maestros de escuela que con su conducta están sembrando la cizaña del servilismo, para que en lo venidero estorbe y ahogue la frondosa planta de la Constitución.
—Sí, es preciso poner mano en eso —respondió distraídamente Monsalud—. Me parece que ya no pasa tanta gente.
—Si no tuviera que barrer la escuela y copiar unos pliegos, señor don Salvador, nos iríamos usted y yo a meter nuestro hocico en la plaza de Palacio y oír algo de la rechifla... pero, ¡como ha de ser!..., primero es la obligación que la devoción.
Diciendo esto, don Patricio entró en el aula, y tomando la escoba que detrás de la puerta estaba, empezó su tarea.
—Si usted me lo permite —dijo Salvador siguiéndole también adentro—, escribiré una carta aquí, en la mesa de usted.