—¡Madre, madre... Soledad!

Corrieron allá.

—Madre... Soledad... —repitió Salvador viéndolas entrar—. Aquí no tiene uno quien le acompañe... le dejan a uno morirse de tristeza. Ni siquiera vienen a preguntar si se me ofrece algo.

El semblante del joven expresaba una reacción viva en sentido consolador. En lo más extremado de su pena, sintió que esta se agrandaba con el aislamiento, y un poderoso instinto de restauración le impulsaba a rodearse de personas queridas.

—¡Hijo, si estamos aquí!... Sola me ha dicho que la has despedido con dos piedras en la mano —dijo doña Fermina.

—Ha sido una broma —indicó Monsalud, sintiendo remordimiento por haber tratado mal a su protegida—. Solilla, siéntate aquí y trabaja en mi cuarto. Necesito que me acompañes.

—¿Tienes que decirnos algo desfavorable del pobre don Urbano?

—Nada, nada; todo lo contrario. Espero sacarle pronto de la cárcel. Hoy precisamente han variado las cosas.

Solita miró con expresión de incredulidad a su hermano.

—¿No lo crees?... Pronto verás que no te engaño... Una circunstancia imprevista lo arreglará todo. ¿Estás enfadada conmigo porque te llamé impertinente?