—Entremos... Todo Madrid desea verle. Vuelva usted, Pipaón.

—¿Yo? Por ningún caso —repuso el cortesano estrechando manos diversas una tras otra—. Voy a una reunión donde cantan la Fábrica y Montresor... ¡Qué aria de la Gazza Ladra nos cantó anoche esa mujer! Montresor nos dio el aria de Tancredo. ¡Aquello no es hombre, es un ruiseñor!... ¡Qué portamentos, qué picados, qué trinos, qué vocalización, qué falsete tan delicioso! Parece que se transporta uno al séptimo cielo. Conque, adiós, señores..., tengo que ensayar antes un paso de gavota. Señores, divertirse con el viejo Sarmiento.

Aún no se había separado de sus amigos, cuando salió al patio un señor obispo que venía también de visitar al reo. Todos se descubrieron al verle, haciéndole calle. Pipaón, después de besarle el anillo, le habló del condenado a muerte.

—Mi opinión —dijo su ilustrísima (que era una de las lumbreras del episcopado)— es que si no constara en los autos, como aseguran consta de una manera indubitable, que se ha fingido y se finge loco para hablar impunemente de temas vedados, la ejecución de este hombre sería un asesinato. Desempeña este desgraciado su papel con inaudita perfección, y apreciándole por lo que dice, no hay en aquella mollera ni el más pequeño grano de juicio... A propósito de juicio, señor de Pipaón, no lo ha tenido usted muy grande fijando para el lunes la gran fiesta de desagravios a Su Divina Majestad que celebra la Hermandad de Indignos esclavos del Santísimo Sacramento, porque siendo el lunes día de la Natividad de Nuestra Señora, la Real Congregación de la Guardia y Custodia dispone, por antiguo privilegio, de la iglesia de San Isidro.

Pipaón respondió, mutatis mutandis, que no correría sangre a causa de un conflicto entre ambas hermandades, y que él respondía de arreglarlo todo a gusto de seglares y clérigos, sin que se quejaran el Santísimo Sacramento ni Nuestra Señora, con lo cual y con aceptar la carroza de su ilustrísima para trasladarse a la calle de la Puebla, donde había de hacer el ensayo de la gavota antes de la tertulia, tuvo fin aquel diálogo.

Avanzada la noche, se cerró la capilla a los curiosos, y también la puerta de la cárcel, después que entraron seis presos recién sacados de sus casas por delaciones infames. Una nueva conspiración descubierta dio mucho que hacer aquella noche y en la siguiente mañana al señor Chaperón.

Don Patricio se acostó a dormir en la alcobita inmediata a la capilla; pero su sueño no fue muy sosegado. Velábanle solícitos, y siempre prontos a servir en todo, los hermanos de la Paz y Caridad. Sola no se apartó de la capilla ni un solo instante ni de día ni de noche.

—Abuelito querido —le dijo al amanecer—, estoy muerta de pena, porque veo que tu conducta no es propia de un buen cristiano.

—Adorada hija —repuso Sarmiento besándola con ardiente cariño—, si es propia de un filósofo, lo será de un cristiano, porque el filósofo y el cristiano se juntan, se compendian y amalgaman en mí maravillosamente... Hazme el favor de ver si esos señores hermanos me han preparado el chocolate... No extraño tus observaciones, hija mía. Eres mujer y hablas con tu preciosa sensibilidad, no con la razón que a mí me alumbra y guía. ¡Bendito sea Dios que me permite tenerte a mi lado en estas horas postreras! Si no te estuviera viendo, quizás me faltaría el valor que ahora tengo. Una sola cosa me afecta y entristece, nublando el esplendoroso júbilo de mi alma, y es que mañana a la hora de las diez..., porque supongo que... eso será a las diez..., dejaré de recrear mis ojos con la contemplación de tu angelical persona... Pero, ¡ay!, tú debes seguir viviendo; no ha llegado aún la hora de tu entrada en la mansión divina; llegará, sí, y entrarás, y el primero a quien verás en la puerta abriendo los brazos para recibirte en ellos amoroso y delirante, será tu abuelito Sarmiento, tu viejecillo bobo.

La voz temblorosa indicaba una viva emoción en el reo.