—Ha seis días que vengo todas las tardes, y siempre me dice vuecencia lo mismo —murmuró Sarmiento con angustia—. ¡Nada!

—Desde el primer día manifesté a usted qué nada podía saber.

—Pero a todas horas entran heridos, soldados dispersos, paisanos, correos que vienen de las Andalucías. ¿Se ha olvidado usted de preguntar?

—No me he olvidado —indicó el coronel con semblante y tono más compasivos—; pero nadie, absolutamente nadie, tiene noticia del miliciano Lucas Sarmiento.

—¡Todo sea por Dios! —exclamó el preceptor mirando al cielo—. ¡Qué agonía! Unos me dicen que sucumbió, otros que está herido gravemente... ¿Han entrado hoy muchos milicianos prisioneros?

—Algunos.

—¿No venía Pujitos?

—¿Y quién es Pujitos?

—¡Oh! Vuecencia no conoce a nuestra gente.

—Soy forastero en Madrid.