—¿En qué puedo servir al señor Romo? Diga lo que quiera con tal que no me pida nada de que resulte un bien al absolutismo.

—Es cosa mía —dijo Romo hablando en voz baja y retirándose con Sarmiento a un rincón donde no pudieran ser oídos—. Tú, aunque loco, eres hombre capaz de llevar un recado y ser discreto.

—Un recado... ¿a quién?

—A Elenita, la hija de don Benigno Cordero, que vive en tu misma casa, ¿eh? Me parece que no te vendrán mal tres o cuatro reales... Este saco de huesos está pidiendo carne. ¿Cuántas horas hace que no has comido?

—Ya he perdido la cuenta —repuso el preceptor con afligidísimo semblante, mientras un lagrimón como garbanzo corría por su mejilla.

—Pues bien, carcamal: aquí tienes una peseta. Es para ti si llevas a la señorita doña Elena...

—¿Qué?

—Esta carta —dijo Romo mostrando una esquela doblada en pico.

—¡Una carta amorosa! —exclamó Sarmiento ruborizándose—. Señor Romo de mis pecados, ¿por quién me toma usted?

El tono de dignidad ofendida con que hablara Sarmiento, irritó de tal modo al voluntario realista que, empujando brutalmente al anciano, le vituperó de este modo: