Evarista. Ronda y divaga el fundador, rezando por sí y por la pobre pecadora, implorando el descanso de ella, el descanso suyo.
Pantoja. ¡Oh! sí... Allí reposarán también mis pobres huesos. (Con gran vehemencia.) Quiero, además, que así como mi espíritu no se aparta de aquella casa, en ella resida también, por el tiempo que fuera menester, el espíritu de Electra... No la forzaré a la vida claustral; pero si probándola, tomase gusto a tan hermosa vida y en ella quisiese permanecer, creería yo que Dios me había concedido los favores más inefables. ¡Oh, qué fin tan hermoso, qué grandeza y qué alegría!
Evarista (con emoción muy viva). ¡Grandeza, sí, idealidad incomparable!
Pantoja. ¿Duda usted todavía de que mis fines son elevados, de que no me mueve ninguna pasión insana?
Evarista. ¿Cómo he de dudar eso?
Pantoja. Pues si mi plan le parece hermoso, ¿por qué no me auxilia?
Evarista. Porque no tengo poder para ello.
Pantoja. ¿Ni aun asegurándole que la reclusión de la niña tendrá carácter de prueba...?
Evarista. Ni aun así. No, Don Salvador, no cuente conmigo... (Luchando con su conciencia.) Reconozco la elevación, la hermosura de sus ideas... Con ellas simpatizo... Ecos y caricias de esas ideas siento yo en mi alma; pero algo debo también a la vida social, y en la vida social y de familia es imposible lo que usted desea.
Pantoja (disimulando su enojo). Está bien. Paciencia. (Caviloso y sombrío, se pasea.)